Las heridas del exilio. “La traductora de haikus”, de Monika Zgustova
La traductora de haikus narra la historia familiar de Jana, una mujer checa, desde su infancia en la posguerra mundial hasta el momento en el que, ya mayor, hace un recuento de su pasado a un entrañable amigo. Pero Monika Zgustova (Praga, 1957) no solo relata la biografía de Jana. La novela es también la historia de su familia y de un país, Checoslovaquia, y, sobre todo, una reflexión acerca de las secuelas que el totalitarismo imprime sobre los sujetos que lo padecen: desarraigo, incertidumbres, culpas y quiebras. Una gran historia personal prolongada a lo largo de los años, atravesada por el extrañamiento del exilio y condicionada por circunstancias históricas de excepción: luchas y resistencias, represión y violencia de Estado, decisiones y rechazos. Son materiales que nutren una novela de acontecimientos que ilumina las circunstancias del siglo xx, con el aliciente de estar escrita y publicada originalmente en castellano sobre una realidad transnacional. Con estos componentes, Zgustova crea un relato cuyo interés no decae en ningún momento, pero del que no podemos dejar de sospechar que podría haber dado algo más de sí. Quizás limita su alcance el hecho de que las emociones de la protagonista sean descritas con excesiva explicitud y que, hacia el final, su se cargue en exceso las tintas sobre su malestar para que los lectores nos hagamos cargo de su fracaso y del absurdo de su existencia, agravados por circunstancias del pasado que hasta ese punto habían quedado opacadas y también por las malaventuras que sufren quienes están a su alrededor. Hay, además, motivos como el de los haikus y la cultura japonesa que, teniendo una importancia capital por simbolizar el anhelo de independencia de la protagonista, quedan demasiado velados.
Con todo, La traductora de haikus es una novela muy recomendable que nos acerca a la entraña de lo peor del siglo pasado y a los daños que los procesos políticos y la violencia de Estado infligieron sobre las personas. Hay páginas de excelente factura por la exacta descripción de espacios y tiempos (Praga, India, los Estados Unidos), el diagnóstico de ambientes e ideologías (la academia norteamericana, la aristocracia checa bajo el régimen comunista), las relaciones interpersonales (familiares, parejas, amistades)… Todo ello se enfoca desde el personaje Jana. Las disfunciones de tales relaciones, ambientes y grupos derivan en crisis psiquiátricas, insatisfacciones y complejos, en su aspiración insatisfecha a la autonomía y a la afirmación personal y su continua reflexión acerca del pasado y los azares que han configurado su identidad. La novela sortea maniqueísmos al caracterizar a los personajes; Zgustova reparte mezquindades y heroísmos, individualismos y afectos, necesidades y deseos, todo ello excitado por circunstancias históricas que atacan el humanismo, con plena consciencia de las limitaciones humanas y con afecto por sus criaturas y comprensión por sus errores. Sobre todo, plantea un viejo dilema radical ante el terror de Estado entre los grandes principios éticos y la defensa del individuo, conflicto que la novela decide no solucionar, pero que enfrenta trágicamente a los personajes.
Son especialmente interesantes, en el relato de Jana, las reflexiones y vivencias sobre el exilio. Supone una de las aportaciones más valiosas del libro. Pasajes sobre la decisión de escapar de su país y la consideración de sus consecuencias; sobre la imposibilidad de ser una misma en un tiempo y un espacio extraños; sobre la sensación de intemperie, extrañamiento y desarraigo; sobre la transmisión del exilio a los hijos; sobre la desubicación personal, las pérdida de posibilidades de expresarse; sobre la negación del retorno y sobre las dificultades para establecer lazos personales auténticos. Todas estas dimensiones del exilio están expresadas con una nitidez extraordinaria pocas veces alcanzada en otros textos que tematicen los destierros. La tragedia personal y colectiva está respaldada por la explicación mítica, Penélope y Ulises, que dan al tema del exilio una fértil impregnación de las consideraciones específicas de las mujeres. Jana se queja de su posición subordinada en la familia, siempre al servicio de los logros académicos de su marido y del cuidado de los hijos, posición acrecentada por las necesidades derivadas de la expatriación.
Pero el relato que Jana ofrece no incide en el lamento. Su expresión está teñida de una tenue melancolía por el paso del tiempo, por las oportunidades perdidas, por el desconcierto que impone la historia. Frente a ello, la Jana madura y sabia, que reconoce no haber sido siempre capaz de comprender a los suyos ―y que los suyos tampoco lo han sido con ella―, que acaba de quedar viuda de la manera más triste posible, enhebra una memoria inspirada por la aceptación, la capacidad de gozar de los pequeños detalles de la vida y la fraternidad. Esa voz es probablemente una de las mejores elecciones de Zgustova a la hora de componer su relato y condiciona su interpretación radicalmente sin por eso atenuar la denuncia.
Fernando Larraz es profesor de Literatura Española en la Universidad de Alcalá. Antes trabajó en las Universidades Autónoma de Madrid, Tübingen, Birmingham y Autónoma de Barcelona. Sus trabajos de investigación se centran en la literatura del exilio republicano de 1939, la censura editorial bajo el franquismo y la historia de la edición literaria en lengua española. Impulsó la fundación de Contrapunto, de la que ha sido director durante seis años.

