El sol ha encallado en su propia luz y en la ciénaga celestial. “Breviario de los vencidos”, de Emil Cioran

por | Ene 17, 2019

El sol ha encallado en su propia luz y en la ciénaga celestial. “Breviario de los vencidos”, de Emil Cioran

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La lectura de Breviario de los vencidos (1993), de la que extraemos la oración que sirve a este texto de título, es para nosotros, incluso hoy, un soplo de aire fresco. Eso sí, su frescura viene complementada por un ligero hedor pestilente. Algunas sentencias destacan por su lucidez y hacen del texto una atractiva invitación al odio. Pero al odio en un sentido pleno, heroico, afirmativo. Llevando el desencanto a sus últimas consecuencias, los textos de Emil Cioran (Răşinari, 1911 – París, 1995) nos parecen, ora ecos de un nihilismo no superado, ora el canto del regreso de Dionisos que enarboló Nietzsche. Creemos que esta doble y opuesta lectura no depende únicamente del lector, sino también del propio texto, aunque no entendido como mero producto de su autor, sino como autor (el texto) del autor mismo. El texto ya no es algo compacto (¿acaso lo fue alguna vez?) ni unificado, sino que, como la persona, el contexto, el entorno y los lectores, es un conjunto de agregados. Así pues, hallamos en él una pluralidad de voces que contradicen hasta la aporía, anunciándose como una manada de enunciaciones contenidas en “el texto” (el artículo definido no agota su falta de unidad interna). Este carácter protuberante y troceado de la escritura es algo que nos parece normal, hasta natural, si tomamos en cuenta las consignas de Derrida sobre el polílogo, por ejemplo. El mismo Cioran que habla del “deseo de desaparecer” y de la futilidad de la existencia nos dice que “vivimos de verdad cuando verificamos una pasión con su contrario”.

En efecto, la lucidez de Cioran reside en sus frases directas: “El concepto de personalidad nos fragmenta, engendra la adversidad en el ser”. Entre sus reflexiones destacan sentencias fulminantes que resumen muy bien la filosofía despreciativamente llamada posmoderna: “El sujeto se desequilibra por el exceso de sí mismo, es como un árbol cuya copa tocara el cielo y se olvidara de sus raíces”.  

Es un modo muy claro de decir lo que han pensado los filósofos contemporáneos. El ser humano debe ser acéfalo otra vez, ¿y esto cómo se hace? El ser humano sufre por exceso de cabeza. Bataille también lo dijo con salero. Pero Cioran lo repite hastiado, porque él lo sufre (lo sufría, ahora parece que descansa) en su propia carne. Algunos de nosotros también lo sufrimos o creemos sufrir algo similar, identificándonos con lo que dice aquí: “El yo es la gran víctima. El yo está maldito”. No con otras cosas de las que dice, pero sí con esto. A los que nos gustan los posmodernos, porque advierten, con su gusto por lo indeterminado y lo intuitivo, que pensar demasiado es olvidar que uno no solo tiene cabeza, sino que también hunde sus raíces en la tierra, nos gusta también Cioran. Al menos, a muchos de nosotros, porque Cioran lo dice, pero en un tono ambivalente entre el sarcasmo y la desolación que nos divierte a los que aspiramos a vivir al borde del abismo. Y a veces, si hay suerte, las raíces hundidas en la tierra se transforman en rizomas que salen corriendo despavoridos.

 

El eco que en Cioran se recoge y se transmite (de la época y hacia ella, de ninguna parte y de todas hacia éstas, esa melancolía con regusto amargo a muchas cosas) nos alerta de que nuestra cabeza no está separada de nuestro cuerpo. Si la separamos demasiado, tendemos a los monstruos de la razón de Goya. Y la única escapatoria sería la acefalia. El concepto de personalidad es un mal de la humanidad moderna. Y el de sujeto, y el de persona. Y todos esos tan prefijados. Hay que devenir animales. Es un deber que todavía no hemos afrontado. Es la racionalidad lo que genera enfermos. El exceso de sí mismo los produce en serie. La locura es el exceso de razón. La soberbia del hombre moderno es su positivismo desmesurado. Somos bestias, no hay que olvidarlo. Si no, uno enferma. El nacimiento de la clínica surgió junto a un proceso de racionalización a todos los niveles. Pero lo patológico va más allá del diagnóstico generalizado. El individuo unánime tiene algo que decir sobre su enfermedad: “La expresión nace de una plenitud enferma”. Entonces, tal vez no sea tan unánime, sino que esté plagado de otras voces: “La única escapatoria del alma es el desatino”.

Concluye Cioran en la traducción brillante de Joaquín Garrigós: “¡Que la locura no siga pagando el fielato al espíritu, sino que invada a sus anchas todo el territorio de la mente!”. Se trata de una apología de la locura en toda regla, una declaración de amor a la bestialidad que se ha tratado de extirpar tantas veces y la mayor parte con consecuencias nefastas. “De tanto saber, el universo se ha muerto de anemia”.

Pero el espíritu está presente aún en este universo muerto y dispuesto a estrangular a la razón: “El espíritu es águila, serpiente, uñas y veneno. Vierte odio contra su portador”. Quizás para que regrese verdaderamente Dionisos, debamos primero cortarnos la cabeza, como predicaba Bataille. Simbólicamente, claro: “Miro de soslayo al sol”, dice el poeta.

Para terminar, la lectura de este pequeño texto entraña, como la de cualquier otro, un riesgo: olvidar que quien lo redactó, lo hizo en unas circunstancias concretas. Éste fue su último texto en rumano, escrito entre 1940 y 1944 en París. Su autor, como se explicita en el texto, transitaba nostálgico las calles de una tierra a la que nunca perteneció, expatriado, pues jamás se sintió de lugar alguno. Esto es un claro ejemplo de una cierta imagen del sujeto del siglo XX, desubicado. Quizás sea más una imagen ideal, poco atenta a vicisitudes y rasgos propios de la vida de cada uno, de lo que escapa a la generalización y a la abstracción, lamentablemente tan unidas al discurso filosófico que a veces parecen querer ahogarlo. Ahora parece fácil construir una idealidad cioraniana en todos nosotros. No obstante, eso no parece más que otra narración que nos reviste y nos posiciona, amenazando con convertirse en el eje vertebrador de nuestra existencia. El relato del hombre que renuncia a sí mismo, anegado en su maraña existencial, del hombre abstracto.                                                                                                         

 

 

 

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