Me cuesta explicarme. Sobre “Marcelino”, de Bibiana Collado
Después del éxito de Yeguas exhaustas (Pepitas, 2023) —que va ya por la séptima edición, si no me equivoco—, Bibiana Collado regresa al género narrativo con Marcelino. Decires de un hombre (2026), una apuesta radicalmente distinta, pero en algunos puntos continuista (manejo de la primera persona, oralidad, clase social…).
¿Qué hay en esta nueva novela? Lo primero: una voz narradora masculina (¡!) que cuenta fragmentos de su vida —sobre todo, de su relación de pareja— desde la vejez (¡¡!!). Las exclamaciones entre paréntesis no son decoración: las coloco por el atrevimiento de la elección del protagonista, un hombre de campo mayor. Pero no solo eso: un hombre de campo mayor que habla —aunque dice costarle— y reflexiona sobre sexo y sobre algunas de las dificultades que conlleva ser hombre. La infrarrepresentación de la vejez en la narrativa española —o mejor, en la ficción en general— es un hecho fácilmente constatable. Por suerte, hay textos que están tratando de rellenar el vacío. Marcelino es uno de ellos, pero ahí están también Basa (2019), de Miren Amuriza, Olor a hormiga (2024), de Júlia Peró o el ensayo Yo, vieja (2021), de Anna Freixas, por no hablar de los ya clásicos Arrugas (2007), de Paco Roca, y La lluvia amarilla (1988), de Julio Llamazares. Por otro lado, la cursiva de antes (“—aunque dice costarle—”) tampoco era casual: hay una contradicción entre lo supuestamente callado que dice ser el personaje y el monólogo que suelta y que conforma la novela —por cierto, no se sabe a quién le habla ni por qué—. “Me cuesta explicarme”, sostiene en repetidas ocasiones el hombre. A Marcelino, en principio, le resulta difícil encontrar las palabras (está poco habituado a hablar), sin embargo, cuando lo hace, ¡eureka!, es hasta poético. En la cuestión de la voz y del lenguaje (oralidad) está, yo creo, el mayor hallazgo y, a la vez, el gran problema de la novela, porque suena artificial, está desajustada; es difícilmente creíble.
Marcelino es un hombre rural de posguerra que carga, a grandes rasgos, con buena parte de los ítems que conforman la lista de estereotipos (dificultad para comunicarse, simpleza, horizonte vital estrecho, tosquedad). Ahora bien, en su fuero interno es sorprendentemente correcto, lo cual genera cierta tensión. Y es que el personaje despliega una sensibilidad insólita que puede cifrarse en dos ejemplos. El primero: se interesa por la menstruación de su mujer, a la que escucha, intenta entender siempre y, en la cama, no considera mero objeto sexual, sino sujeto que merece atención y placer. El segundo: acepta sin conflictividad la homosexualidad de su prima Ángeles, que vive con Dolores. Nada de esto es imposible, sin duda —y, por cierto, brindo por la creación de una relación lésbica al fin no victimizada, vilipendiada ni condenada a la desgracia—, pero la acumulación de virtudes en un personaje que se presenta casi como prototipo de la masculinidad rural de la época (repito, es el hombre de campo que las y los lectores reconocemos: hermético, tosco, etc.) hace que la novela, en algunos momentos, chirríe.
¿Hay más en la novela? Sí: deseo sexual, todo el rato, o casi todo. Tanto del Marcelino como de su mujer, la Encarna. Un deseo sexual atravesado, primero, por el tabú, y después liberado. Y siempre tierno, porque en el relato hay ternura, hay cuidados y hay afectos. También en la vejez. De esto deriva la preminencia de lo corporal: hay cuerpos que paren, sangran, sudan, huelen y duelen. La vista, pero sobre todo el olfato, se llenan con esta novela, repleta de vida, pero en igual medida de muerte.
Termino con la estructura, que es particular, pues encierra metafóricamente en sí misma el contenido. Los capítulos funcionan como una suerte de cuenta atrás (del 50 al 0) y su extensión va de mayor a menor, como si, conforme avanza el tiempo y llegan la vejez y la enfermedad, el lenguaje se fuera perdiendo o agujereando, quedándose sin extensión. Hasta el final, hasta el silencio.
Doctora internacional en Literatura Española por la Universidad de Salamanca, con máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y Master of Arts in Spanish en la University of Wisconsin-Milwaukee, actualmente es investigadora posdoctoral Juan de la Cierva en la Universidad de Alcalá. En el pasado, ha sido profesora en la Universidad de Salamanca, en la UNIR, en la Universidad de Burgos, en la Universitat Jaume I y en la University of Wisconsin-Milwaukee, así como contratada posdoctoral en la Université catholique de Louvain. Es autora del ensayo "Ideología, poder y cuerpo. La novela política contemporánea" (Bellaterra, 2023) y escribe reseñas mensuales en el periódico Mundo Obrero.
