Tiempos grises, corazones rojos. La mina como condena y salvación en una lección de sororidad. “Carboneras” de Aitana Castaño y Alfonso Zapico

por Mar 22, 2021

Tiempos grises, corazones rojos. La mina como condena y salvación en una lección de sororidad. “Carboneras” de Aitana Castaño y Alfonso Zapico

por

Aitana Castaño y Alfonso Zapico, Carboneras

Asturias, Pez de Plata

208 páginas, 18,90 euros

Cuando llega el mes de marzo, además de mucho purple washing (el márquetin vacío, calculador e interesado en promover la igualdad de género desde su empresa y/o institución), rebrota una retahíla de términos –tanto en las redes como en los medios–  que parece que se esfuman del diccionario en cuanto acaba el mes. Uno de ellos es la bonita palabra sororidad. Pues bien, esta es una de las palabras que más resuenan al leer Carboneras. Resuena fuerte y dentro, con todo su sentido y significado, en cada mujer que nos presenta Aitana Castaño (Asturias, 1980) y nos dibuja Alfonso Zapico (Asturias, 1981). Este dúo de artistas bien avenido ya había trabajado mano a mano en 2018 para la publicación de Los niños de humo, de la misma editorial asturiana Pez de Plata y donde también cuentan historias entre la realidad y la ficción ambientadas en las cuencas mineras.

Y es en la cuenca minera del Nalón donde se ubica la acción de Carboneras. Montecorvo del Camino es pueblo imaginario (que bien podría ser cualquier villa con explotación carbonífera del mundo) en la década de los años sesenta.  Carboneras es una novela contada a través de diecisiete relatos narrados por separado que en su conjunto forman una historia entretejida convirtiéndose así en diecisiete capítulos de una misma trama. Nos metemos de lleno en el día a día  de este pueblín que acoge a personajes entrañables, fieros, tiernos, abominables y que retratan la amalgama de personalidades que no faltaban en ninguna “parroquia”: el tendero que siempre fía a sus clientes, los vecinos dispuestos a arreglar cualquier tejado, el cura que llega al pueblo y revoluciona la iglesia… y, por supuesto, las mujeres, viudas, hijas, madres, hermanas y vecinas que son las verdaderas protagonistas de estas y muchas otras historias no recuperadas cuyos finales son felices en contadas ocasiones. Su relación con la mina era también directa en muchos casos, ya que trabajaban en las tolvas limpiando y escogiendo el carbón (o “llenando vagones de carbón a paladas”), además de cuidando a los hombres que bajaban en las jaulas y, sobre todo, cuidándose entre ellas. Está presente esta cadena de cuidados en eslabones inquebrantables que las unen a todas. Uno de estos eslabones indispensables es Charo, la vieja y solidaria vecina que ayuda a Rosa, reciente viuda y recién llegada al pueblo que ha sido madre el mismo día en que su marido muere en una explosión. Es Charo quien mete a Rosa a trabajar con Maruja, la jefa de la cuadrilla de carboneras siempre dispuesta a defender a sus compañeras con uñas y dientes y quien sabe de primera mano lo que sucede dentro de los cuartelillos de la guardia civil: palizas, humillaciones y amenazas que ha soportado más de una vez por no delatar a ningún compañero o compañera. Es el capítulo que lleva el título del libro en el que vemos a todas estas mujeres en acción juntas, una emocionante y dura narración de cómo se apoyan y se defienden  –así como a sus ideales– jugándose la vida frente a la represión y opresión de la clase dirigente.

Se presenta una visión realista y nada romantizada de la mina, sustento y condena para muchas; la misma mina que les arrebata a sus maridos, padres, hermanos o hijos es la que les proporciona el jornal que han perdido al perderlos a ellos. Entre otras cosas, estas carboneras traen un recordatorio. Varios, más bien. Por un lado, y a pesar de convivir tan de cerca con la muerte, es el amor lo que trae esperanza en medio del dolor que llevan consigo estos personajes. Por otro, sin duda, son un recordatorio sus propias voces e historias que hacen también sonar a las voces anónimas de todas las que vivieron esa época y que desgraciadamente en el presente no tienen el espacio ni reconocimiento que merecen ni siquiera en los lugares más cercanos a la minería. Da que pensar el hecho de que ya en su momento estas vivencias quedaran tan empozadas como las calles de sus pueblos, pasando desapercibidas incluso en las aldeas limítrofes en muchas ocasiones. Obras como esta son más que necesarias ya que luchan por rebatir el viejo dicho de que lo que no se cuenta, no existe.

“Todo el polvo del carbón de las minas asturianas pasaba por sus pulmones. Luchaban contra la silicosis, contra el olvido, contra una sociedad que las ignoraba y contra ellas mismas y sus destinos. Eran las carboneras.”

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