Migración, trabajo y algoritmo. Sobre “Al norte”, de Unai Sordo
Desde que Isaac Rosa, hace ya más de una década, dijera en una entrevista que “en la novela española actual se trabaja poco”, algunos textos han emergido para ponerle remedio desde distintas perspectivas. Pienso en La trabajadora, de Elvira Navarro, en Cosas vivas, de Munir Hachemi, en Fábricas de cuentos, de Javier Mestre, en Clavícula, de Marta Sanz, en Las maravillas, de Elena Medel, o en Nada ilegal, nada inmoral, de Adrián Grant, por poner solo algunos ejemplos. El trabajo —coincidiremos— exige todavía un tratamiento mayor por parte de la novela española, a pesar del auge incontestable de las narrativas de la precariedad y demás. La primera novela de Unai Sordo, que lleva por título Al norte y que ha publicado Hoja de Lata este 2026, se suma a la anterior lista y lo hace tratando de señalar no tanto el trabajo como tal, sino lo que el trabajo hace: lo que deja en los cuerpos, lo que obliga a abandonar, lo que no se ve y tampoco se nombra.
Porque hay que señalar una diferencia importante, yo creo, cuando hablamos de la representación del mundo del trabajo en la literatura: una cosa es contar el trabajo en sí —con todo lo que ello implica—, que es lo que hace maravillosamente bien Rosa en La mano invisible (esta vertiente es sin duda la menos transitada), y otra contar las condiciones laborales y las consecuencias de soportar esas condiciones. El relato de Sordo transita por este segundo camino, pues la verdad es que si sabemos que los personajes se han matado —y se matan— a trabajar, es porque nos lo dicen, no porque los veamos realizar el trabajo. En cualquier caso, lo que sí sabemos —otra vez, se dice pero no se muestra— es el tipo de trabajo, sus condiciones y sus efectos físicos y psíquicos.
Al norte es una novela coral que abarca aproximadamente seis décadas. En un extremo cronológico están Juan Antonio y Aurora, emigrantes del sur que llegan al País Vasco de los años sesenta buscando un futuro habitable. En el otro está Xabier, que se marcha a un macroalmacén en Holanda donde un algoritmo dicta cómo vivir. Entre ambos polos, el autor despliega una galería de personajes que incluye a un empresario cuyo nombre aparece en los papeles de ETA y al dueño de una pequeña empresa de transporte con un secreto inconfesable. Ese arco de sesenta años permite a Sordo mostrar la continuidad profunda, casi geológica, de la precariedad y el desarraigo de clase y, al mismo tiempo, registrar ciertas mutaciones de su forma. La emigración interior del desarrollismo y la nueva emigración europea de hoy comparten una misma lógica: ir hacia arriba, hacia el norte, porque en el sur —o en el origen, en el lugar propio— la vida no es vida. Lo que ha cambiado en la actualidad es, podríamos decir, el capataz. Y esto lo hace muy bien la novela. El nuevo capataz ya no tiene cara, no hay ojos a los que mirar. Tampoco grita. Es invisible y, en el relato, se llama ISABEL: este es el algoritmo que controla la vida entera de Xabier y uno de los personajes más inquietantes de la novela, precisamente porque es inapelable. Aquí reside, creo, la originalidad de Al norte, su gran hallazgo.
Otro acierto es el personaje de Aurora, una mujer que enferma de amianto sin haber puesto un pie en la fábrica y a la que el veneno llega a través de los monos de trabajo que lava diariamente a su marido. Y es que aquí la salud laboral no es una suerte de estadística ni una mera cláusula en algún convenio, sino que aparece hecha cuerpo, hecha enfermedad, hecha injusticia que ni siquiera tiene nombre jurídico.
Pero hay también otros dos elementos que merecen atención: la representación ficcional del sindicalista. En términos generales, en la ficción española, cuando un personaje sindicalista aparece, suele hacerlo como figura cómica, burocrática o corrupta. Al norte ofrece una alternativa que no cae en el otro extremo —en el del héroe— a través de figuras que ofrecen su ayuda, pero que —como el resto de los humanos— tienen limitaciones y dudan. Y luego, para acabar, está el deseo de venganza (de clase). Dos hijas, dos mujeres que vienen de lados distintos de la relación laboral y que se encuentran, se reconocen y acaban colaborando para ajustar cuentas. Y esto es interesante, porque lo que une a estas dos mujeres no es tanto la clase como el daño. La venganza, entonces, cuando llega, no termina de seguir el mapa que quien lee esperaría, planteando con ello la posibilidad de que el resentimiento y el deseo de justicia estén más allá de categorías políticas.
Doctora internacional en Literatura Española por la Universidad de Salamanca, con máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y Master of Arts in Spanish en la University of Wisconsin-Milwaukee, actualmente es investigadora posdoctoral Juan de la Cierva en la Universidad de Alcalá. En el pasado, ha sido profesora en la Universidad de Salamanca, en la UNIR, en la Universidad de Burgos, en la Universitat Jaume I y en la University of Wisconsin-Milwaukee, así como contratada posdoctoral en la Université catholique de Louvain. Es autora del ensayo "Ideología, poder y cuerpo. La novela política contemporánea" (Bellaterra, 2023) y escribe reseñas mensuales en el periódico Mundo Obrero.
