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Un silencio insoportable. “Dónde puedo dejarlo”, de Alejandra Costamagna

La trayectoria de Alejandra Costamagna (Santiago, 1970) incluye obras centradas en la recuperación de la memoria familiar e histórica. Hija de exiliados argentinos que fijaron su residencia en Chile tras escapar del régimen de Juan Carlos Onganía, su nombre se asocia a la «literatura de los hijos» chilena. Su nueva novela, Dónde puedo dejarlo, se ambienta en 1989, durante la transición del pinochetismo a la democracia, aunque hay pocas referencias que permitan contextualizar la historia en este tiempo. La obra narra cómo Manu lidia con la desaparición repentina de su amiga Mara, quien ha huido porque pertenece a un grupo de militancia clandestina. El narrador en segunda y tercera persona está focalizado en el personaje de Manu, por lo que apenas tenemos acceso a informaciones que puedan desvelar el paradero de Mara en el presente de la narración. Esta novela reconstruye la memoria de la persecución política a través de los silencios que la rodean y de la impresión que la ausencia deja en la cotidianeidad de las personas cercanas a los ausentes.

Los lectores no conocen nada, pero saben que la nada atraviesa las maneras que tiene Manu para afrontar la vida sin Mara. Como digo, Dónde puedo dejarlo está repleta de silencios: por ejemplo, Manu oculta la existencia de su amiga por precaución o por incapacidad para verbalizarla, lo que involucra la negación de una parte de su identidad y la cerrazón ante cualquier oportunidad de establecer nuevos vínculos afectivos consistentes. Los amigos y familiares de Mara moldean el dolor de distintos modos, desde la rememoración constante hasta la negación de que la joven se ha ido sin dejar rastro. De ahí que Juan, su padre, siga organizando fiestas de cumpleaños para una hija que nunca volverá a ver. Los recuerdos de la infancia de Mara, de su adolescencia, casi nunca de su activismo ―si los hay, están llenos de vacíos―, pretenden explicar la genealogía de su marcha y la existencia anodina o angustiosa de sus allegados. La novela recurre a la esquematización de una realidad que ha perdido todo su sentido y a la intranquilidad del que no sabe como medios para generar conciencia. El lector transita una especie de investigación tácita que rellena los huecos del presente, una investigación que atraviesa todos los aspectos de la vida de Manu: sus horas en el trabajo ―es periodista―, su relación con Rolo, ante el que se muestra hermética; los ratos en casa, con su gata; la decisión de cuidar, sin que nadie lo sepa, a Juan después de que sufra una caída fatal. Dónde puedo dejarlo reflexiona acerca de cómo la memoria se ha construido sobre lógicas de exclusión que interfieren en la vida diaria de las personas afectadas, en este caso, por la resaca de la dictadura de Chile. De la novela se extrae la idea de que las historias con minúsculas pertenecen a la historia con mayúsculas, y también la de que la historia sigue controlada por discursos que hacen desaparecer los recuerdos del horror, en vez de reivindicar la necesidad de que sean conocidos y denunciados.

El lenguaje ―poético, simbólico…―, la estructura ―fragmentaria―, la premisa ―narrar la ausencia― y el argumento de Dónde puedo dejarlo son interesantes, aunque su historia termina por ser demasiado críptica para ser recordada como una lectura impactante. En cualquier caso, relatar el silencio es una manera lícita de recordar lo que este esconde, y supone un ejercicio literario de interés para los lectores interesados en las narrativas sobre los procesos dictatoriales del cono sur y sus respectivas transiciones a la democracia. A la luz de los debates sobre la conveniencia de representar explícitamente crímenes como torturas o violaciones, esta novela entiende que destacar lo invisible ―dónde está Mara, qué es de su vida― es una forma de mostrar, cara a cara, que existe, y de manifestar así el sufrimiento que producen los duelos no concluidos; un sufrimiento que no puede dejarse y que indica que quedan muchos lutos por vindicar.

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Graduada en Estudios Hispánicos y máster en Estudios Literarios y Culturales Hispánicos por la Universidad de Alcalá, donde ha sido beneficiaria de varias becas de investigación. Sus intereses giran en torno a la historia literaria e intelectual del exilio republicano de 1939 y la crítica ideológica de la literatura, aspectos sobre los que es autora de varios artículos académicos. En la actualidad, es investigadora predoctoral (FPU-Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades) en la Universidad de Alcalá. Su tesis estudia los discursos del anticomunismo en la narrativa del exilio durante la guerra fría. Es directora de la revista Contrapunto.

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