Silencio del silencio. 20 años sin José Ángel Valente

por Oct 14, 2020

Silencio del silencio. 20 años sin José Ángel Valente

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Cuando prima el respeto, uno se ve incapacitado de clasificar —como los arcaicos taxonomistas hacen en la pared de corcho— a los artistas por semejanzas; es decir, por rasgos no-distintivos (cualidad primera de éstos, si son de merecer). De modo que, dejará de hacerse en esta ocasión, siguiendo el rechazo que aboga el autor que ocupa el presente escrito ante las teorías o artificios de las generaciones como producto del anuncio y para el amparo de mediocres.

Su escisión del mundo mercantil y patrio, le permitió a José Ángel Valente (1929 – 2000) el desarrollo libre de su obra poética y reflexiva, de estrecha conexión y coherencia. Hizo alarde, por debajo de sus gafas gruesas y sin pretender, del hondo significado de su apellido, que reivindica no sólo atrevimiento sino capacidad de conexión atómica, de unión, de abstracción.

En el desierto de polvo nada ve José Ángel, a nadie debe ver. La experiencia se vuelve lenta y se rumia al tiempo que las vacas, sin prisa, a la espera, a la escucha. De sí, brota la poesía impedida de voluntad y no provocada, como un torrente de ritmos cardíacos por vida propia. Valente entendió  el lenguaje como casa del ser —de igual manera que Heidegger y Zambrano—, pero el inquilino no es uno. Es la poesía quien habita.

Expuesto en una galería, el objeto se entiende como ready-made; dispuesta en verso, la palabra se interpreta como palabra poética, con dimensión y trascendencia distinta a la anterior. El lenguaje poético no es más que espacio y atmósfera de nuevas condiciones, donde la magia poética se hace posible.

De tal modo, el poeta se presenta como mediador de la palabra misma. Su poesía no es voluntad, no es elección de adjetivos como entendía Borges. La poesía en Valente se concibe como en la Antigua Grecia, donde la poesía carece de poeta. En él, musa es la poesía en sí, que late en su interior más profundo permitiendo que se muestre. Ésta es la excelencia del poeta, quien logra dejar de intervenir entre la poesía y el mundo, quien la presenta virgen y sin adulterar. Vacío de sí, como los apóstoles en Oteiza.

Resulta evidente el paralelismo que, en repetidas ocasiones, presentó Valente, de entre la figura del poeta y del místico. El poeta, como Santa Teresa de Ávila, vive sin vivir en él. A ambos alcanza la iluminación, a saber, la Idea, la Verdad, la Poesía, Dios. Es, en dicho canto de manantial no-reflexivo, donde se supera la traba de la tradición y del mal hacer, donde se encuentra la esencia de una metafísica maltrecha. Pero no hay como ésta, ciencia más universal, descripción de lo inmutable. El poeta es el canal, en el que ser y mundo se unifican.

No es otra «la inmersión en uno» de San Agustín o de San Juan de la Cruz. Las respuestas están en el interior más profundo, en el fondo abisal de las almas. Oscura es, por ende, su expresión. El hermetismo por el que fue catalogado Valente, es compleja introspección. No es juego caprichoso de noveles presuntuosos, sino ejercicio de meditación y de silencio, donde la palabra por sí puede darse.

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