Visita a un viejo poeta: la cuentística de Miguel de Unamuno

por Sep 22, 2022

Visita a un viejo poeta: la cuentística de Miguel de Unamuno

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La ficción breve quizá sea el modo literario menos asociado a Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864; Salamanca, 1936). Esta parte de su obra suele pasar desapercibida por el grueso de los lectores. El escritor vasco sufre un mal común a otros clásicos: para la mayor parte del público, su corpus queda reducido a dos o tres títulos emblemáticos y, en consecuencia, a los géneros a los que pertenecen. Así, Unamuno es asociado con su novela (o nivola, para ser precisos), Niebla (1914), y su ensayo Del sentimiento trágico de la vida (1912). Se suma que otros de sus trabajos más importantes, como San Manuel Bueno, mártir (1931) y La agonía del cristianismo (1925), también puedan ser clasificados dentro de estás categorías. Sin embargo, el español era un escritor prolífico, que no se limitó a explorar los géneros tradicionales (a los mencionados deberíamos sumar la poesía), también fue un innovador. Practicó el hibridaje formal: ya hemos hecho la aclaratoria sobre la “nivola”, que busca redefinir del ejercicio novelístico, pero también podemos considerar su Cómo se hace una novela (1927), un ejercicio metaficcional que demuestra la maestría del autor y que nos recuerda que era, sin lugar a duda, un exponente de las vanguardias de su época. Al tomar esto en cuenta, no sorprende que haya practicado la escritura de cuentos: aunque su único volumen de relatos sea El espejo de la muerte (1913), produjo 89 narraciones breves, incluyendo en la lista algunas inéditas.

Esta parte de la obra se puede hallar en Miguel de Unamuno. Cuentos completos (2018), compilación realizada por J. Óscar Carrascosa Tinoco para la editorial Paginas de Espuma, y que ha sido reeditada de manera ampliada en mayo de 2022. A este libro se debe la presente “Biblioteca clásica”, que quiere ser, al mismo tiempo, la revisión de un escritor consagrado y una interpelación a la imagen preconcebida que se puede tener de él: como se transparenta en el párrafo anterior, es necesario reconsiderar su ficción breve y el lugar que ocupa en el corpus unamuniano. Este es un trabajo ya realizado por la edición de Carrascosa Tinoco y otros estudiosos, huelga decirlo, aquí solo quiero subrayar lo que ellos han dicho y demostrado en sus estudios.

Creo pertinente un inciso. La lectura de los cuentos del escritor vasco ha representado, para quien escribe, la vuelta a un autor que había pasado años en los estantes de la biblioteca. Durante mis últimos años universitarios, realicé un amplio trabajo sobre su filosofía, centrado en un análisis de La agonía del cristianismo. El estudio devino, al concluir, en agotamiento. Avancé a otras investigaciones, y no retomé ningún libro de Unamuno hasta este verano, que me sumergí en su cuentística. La anécdota es pertinente porque puede apelar a más de un lector. Unamuno, como tantos clásicos, cargan un estigma: tal vez fue una lectura forzada en el bachillerato o la universidad, un autor estudiado por obligación. Por tanto, resulta antipático. O, en el mejor de los casos, una figura asociada a la nostalgia, a un pasado que, aunque añorado, no se quiere presente. Los relatos recogidos en la edición de Páginas de Espuma permiten mirar un rostro distinto del escritor, una faz que, al mismo tiempo, muestra muchas de sus cualidades claves: el carácter reflexivo y filosófico de su escritura (en cualquiera de sus formas), la soltura en la prosa, el interés por lo que llamó, en su En torno al casticismo (1902), la “intrahistoria”, etc.

Carrascosa Tinoco, en el texto introductorio al libro de Páginas de Espuma, apunta un principio esencial para entender al escritor Vasco: “La obra unamuniana es un grito ante la crisis del pensamiento” que se experimentó a comienzos del siglo XX. En las líneas que siguen, explica: “Unamuno alza su voz desde la literatura, en torno al fenómeno literario, a la vez artífice y vehículo de su pensamiento”. El autor es conocido como filósofo. Sin embargo, el hibridaje es parte clave, tanto de su creación escritural como de su pensamiento. Al igual que sus ensayos poseen una calidad literaria incuestionable, sus obras de ficción y poesía son indagaciones filosóficas. Varios de sus relatos demuestran esta idea: ninguna anécdota es casual y, para el lector informado, será sencillo percibir los ecos de las ideas que se plasman en Del sentimiento trágico de la vida y otros trabajos análogos. Vemos rastros de su pensamiento pedagógico en textos como “El diamante de Villasola”, por ejemplo. E incluso una historia aparentemente anecdótica, como la de “¡El amor es inmortal!”, acaba siendo una reflexión profunda sobre la noción del amor, a la cual el vasco dedicó un capítulo completo de su ensayo más conocido. La cuestión también se puede apreciar en su novelística: La tía Tula explora el tema, e incluso se pueden ver, en el relato mencionado, pasajes que fueron reelaborados en la famosa novela sobre la vida de Gertrudis.

La escritura de Unamuno debe entenderse como un experimento. Por un lado, es un método para indagar en la existencia. Los personajes y la ficción son vías para poner a prueba distintos modos existenciales, formas diferentes de vivir. Al mismo tiempo, la literatura unamuniana está constantemente en desarrollo, los textos no son cerrados e invitan al lector a cuestionar y participar de la creación. En la introducción mencioné Niebla y Cómo se hace una novela. Ambos ejemplos son exponentes del mismo principio, incluso si podemos incluir estos libros dentro del género de la novela, son textos que se caracterizan por poner a prueba dicha categoría. Son obras autoreflexivas que cuestionan su propia forma.

Retomando las palabras de Carrascosa Tinoco: “lo importante para Unamuno, insistimos, es el método, el procedimiento de indagación filosófica: el texto como medio, cuyo referente más claro es el cuento”. Hay que detenerse en la idea de metaficción. La literatura unamuniana está repleta de estructuras autoconscientes que reflexionan sobre sí mismas. Los relatos no son la excepción. “Y va de cuento” es prueba de esto, así como de la hibridación genérica. Hace una reflexión sobre los elementos que forman una historia y es, consecuentemente, la exposición de una suerte de ars poetica. Estos ejercicios deconstructivos no son un mero ejercicio formal. Por el contrario, deben entenderse alineados con el pensamiento del autor. Retomemos, una vez más, las palabras de Carrascosa Tinoco: “no estamos ante un posicionamiento estético, ante la exposición del canon del relato breve para el autor, sino ante las consecuencias de un posicionamiento metafísico, que, al fin, configuran los cánones de su obra literaria”.

Un cuento temprano parece propicio para cerrar estas páginas. “Visita a un viejo poeta”, escrito en 1899, narra el encuentro del narrador, un joven literato, con el hombre mentado en el título. Se escenifica una contradicción, de esas que tanto gustaban a Unamuno: el escritor de menos edad, quizá un poco ingenuo, visita al viejo y experimentado. Dicho contraste implica otros, que se pueden intuir de una escena que no es precisamente original (aunque está magníficamente escrita): la ambición del joven contrasta con la vida que el poeta ha escogido, retirado y dedicado a la contemplación. El relato es una reflexión interesante en un escritor que, para entonces, apenas superaba la treintena y adquiere otro matiz para quien se aproxime a las páginas de Miguel de Unamuno. Cuentos completos. Uno, como lector, se acerca al viejo poeta, el clásico español, a indagar en su trayectoria literaria. El libro expone su desarrollo, muestra sus devenires escriturales y filosóficos. Podemos apreciar sus distintos momentos y hasta toparnos con peculiaridades como “La revolución de la biblioteca de Ciudámuerta”, cuyo carácter insólito y no-mimético resulta inusual en la obra del vasco.

Es necesario desacralizar a los clásicos, leerlos sin prejuicios, incluso si estos son bondadosos. Esta tarea de redescubrimiento puede ser complicada. Los nombres de estos autores están tan asociados a las etiquetas que parece imposible acercarse a sus libros sin expectativas. En el caso de Unamuno, la lectura de los cuentos abre un camino: es una parte de su obra poco leída, pero de una calidad indiscutible. La compilación de Páginas de Espuma permite hacer un paneo de su cuentística, ver su evolución, que espejea, sobra decirlo, el desarrollo del escritor, desde sus indagaciones en la intrahistoria hasta sus vuelos metafísicos, siempre de manera conversacional. Como tanto afirmó el mismo Unamuno, la literatura es, en todo momento, el acercamiento a una persona.