Bevilacqua en Cataluña: el seny y la rauxa. “La llama de Focea”, de Lorenzo Silva

por Dic 21, 2022

Bevilacqua en Cataluña: el seny y la rauxa. “La llama de Focea”, de Lorenzo Silva

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Lorenzo Silva, La llama de Focea

Barcelona, Destino

545 páginas, 21,90 euros

Lleva Lorenzo Silva (Madrid, 1966) tan entrañados a los personajes de Bevilacqua (Vila) y Chamorro que no puede, por menos, que contemplar las circunstancias de su presente a través de los ojos de dos figuras a las que ha entregado veinticinco años de vida, desde que las creara en El lejano país de los estanques (1998), cuando eran respectivamente un sargento y una cabo de la Guardia Civil; doce novelas después, más dos libros de relatos breves, quienes son ahora subteniente y brigada se van a enfrentar a un nuevo homicidio –una joven peregrina que se hallaba ya muy cerca de Santiago– que servirá de pretexto para trazar una lúcida revisión de los graves problemas acaecidos en Cataluña en los últimos años, desde el referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017 (en el que la benemérita se dejó más que la piel) hasta la sentencia del Tribunal Supremo, en octubre de 2019, con la condena a prisión de nueve de los dirigentes separatistas. En ese presente histórico se sitúa la primera de las tramas de esta novela, por cuanto –y sin destripar el desarrollo de las varias intrigas que se van imbricando– la víctima, Queralt Bonmatí, era hija de un empresario involucrado en alentar y en sufragar el movimiento del independentismo, no sólo para lograr que se proclamara la ansiada República catalana, sino también por razones delictivas –el enriquecimiento personal, la implicación de otras potencias en el procès– que se irán desvelando a medida que la investigación avance.

En este sentido, esta novela se asemeja a la undécima, El mal de Corcira, de 2020, en la que Silva analizaba en profundidad las graves secuelas dejadas en el País Vasco por la intermitente guerra mantenida entre las fuerzas del orden público, con la Guardia Civil como principal cuerpo, y la banda terrorista E.T.A. Con tal objeto se refería la integración de Vila en el cuerpo de Información, reclutado por el entonces capitán Pereira, junto al guardia Álamo, un gaditano chocarrero, al que deberá el apodo de Gardelito y al que volverá, luego, a encontrar en Lejos del corazón, de 2018. Sirvan estas escuetas referencias para mostrar el amplio universo de personajes y de situaciones que ha sabido crear Silva a lo largo de veinticinco años, en los que no ha dejado de crear otras relevantes novelas. Las dos últimas se hermanan porque en ellas se entremezcla el tiempo coetáneo de la redacción (2020 o 2021) con los primeros pasos de Vila en Guipúzcoa (1991) o en Barcelona (1992), realizando labores esenciales para desarticular comandos operativos de E.T.A. o de Terra Lliure y, a la par, viviendo intensas relaciones sentimentales –Haizea, Anna– que incidirán en la fijación del carácter pesimista, siempre escéptico, con que Vila luego se enfrentará a una realidad en la que nunca llega a encajar del todo. Eran necesarias estas dos novelas para que Silva profundizara en dos de los problemas más graves por los que ha pasado España en los últimos decenios, antes incluso de la Transición en el caso de la violencia abertzale; el delito que se comete en el presente –ya en Formentera, ya en Samos–devuelve a Vila al pasado, de tal modo que aquellos hechos vividos en su juventud se convierten en claves para iluminar la investigación que dirige en su madurez, con la colaboración de los nuevos miembros que se han ido incorporando a la unidad de la Policía Judicial: Arnau, Salgado, Lucía, además de Chamorro y de la amistad que acaba anudando con Pereira, quien es ya teniente general y mantiene una ciega confianza en la perspicacia de Vila, aunque nunca llegue a convencerlo de que acepte los ascensos o las medallas que tenía más que merecidos.

En La llama de Focea se enhebran, por tanto, dos tramas argumentales sobre las que aquí nada se dirá, salvo en lo que atañe al crecimiento del personaje central. Vila, tras salir de Guizpúzcoa, es mandado a Barcelona en vísperas de la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992. La preocupación de las fuerzas de seguridad del Estado se cifraba en evitar cualquier atentado que enturbiara la imagen de España en el exterior, tal y como pretendían los terroristas catalanes: «Lo último que podían aceptar era que a través de Barcelona se afirmara el país que odiaban, por incompatible con el suyo. Si el precio de impedirlo era arruinarles el sueño a los barceloneses, merecía la pena pagarlo» (pág. 39). Tales son las paradojas que quedan al descubierto en esta novela, porque lo que ocurría en aquel entonces se ha repetido en ese arco de fechas de 2017 a 2021, con la diferencia fundamental de que el independentismo ya no dependía del uso de la fuerza, sino de la sinrazón que había logrado adueñarse de una parte de la sociedad catalana, tal y como Vila, con amargura, se lo confiesa al comisario Riudavets: «Cómo era posible que tanta gente se dejara arrastrar por una peña que llevaba escrito en la cara que no iba a llegar a ninguna parte. De verdad, antes y más allá de lo que cada cual legítimamente crea» (pág. 387). Por supuesto, a Silva le interesa recordar verdades fundamentales para reivindicar el papel desempeñado por la Guardia Civil en Cataluña a lo largo de su historia. El padre de la joven asesinada, el empresario Bonmatí, resume el desprecio sentido por los separatistas hacia este cuerpo de seguridad, cuando Vila le pregunta su opinión sobre lo que había supuesto para la historia de España; en su respuesta, late el odio de esa parte de la sociedad catalana que aprovechó el intento de la Guardia Civil de frenar el referéndum del 1 de octubre para convertirlo en un aparato represor; con esta crudeza lo señala uno de los adalides del separatismo: «Un instrumento de las clases reaccionarias, de los caciques y del Estado centralista. Una herramienta para negar su diversidad» […] y, por supuesto, para Cataluña sólo podía representar «la fuerza de choque […] para reprimir la expresión de su identidad» (págs. 365-366). Tendrá que callarse ante la lección de historia con la que Vila le recuerda todo lo que Cataluña le debía a la Guardia Civil: «Por ejemplo con el apoyo de los guardias civiles a la proclamación de las dos repúblicas, y la defensa de la segunda, incluso en el campo de batalla. Lo que aquí, en Cataluña, les costó el fusilamiento al general y los jefes del cuerpo, por defender además la Generalitat» (pág. 366). Y las pruebas no podían ser más evidentes: «las fotografías del general de la Guardia Civil de Cataluña con el president Companys» (íd.). Pero Silva siempre sabe ser ecuánime. Desde la primera de estas novelas, su objetivo no consistía en magnificar o ensalzar a la Guardia Civil, sino simplemente en exonerar a este cuerpo de las infamias con las que, a lo largo de la historia, había sido desacreditado. En varias novelas, la trama de la investigación conducía a guardias civiles que, movidos por ambición o por impulsos más oscuros, habían cruzado una línea roja de la que ya no se podía volver.

Uno de los aciertos de La llama de Focea consiste, precisamente, en explorar la relación que Vila mantendrá con quien entonces era el sargento Robles, al que siempre considerará su verdadero maestro y cuya muerte violenta tuvo que investigar en La marca del meridiano (2012); a Robles le debía la forja de su carácter, tanto por los atinados consejos que le da –«Para resolver crímenes hay que aprender a conocer a las personas: lo que las mueve, lo que las empuja a hacer lo que hacen» (pág. 240)– como por el modo en que lo enfrenta a una prueba en la que podía haber perdido su integridad: aun felizmente casado, Robles frecuentaba antros –el Paradise– en donde se daba una vida regalada –buenas comidas, prostitutas serviciales– a cambio de tapar las actividades más turbias –trata de personas, drogas– que se desarrollaban en esos negocios; tales fueron las razones que condujeron a su brutal asesinato. Tras las sombras, el mal siempre lo controla alguien; si en aquel momento Vila recibió una información crucial de una persona que no llegó a conocer, lo mismo sucederá en el curso de esta investigación; no hace falta dar nombres, porque nunca serán los verdaderos, pero sí debe admirarse la capacidad de Silva de otear en los conflictos más recientes; esta siniestra figura le preguntará: «¿Ha oído hablar de Crimea? ¿Del Dombás?», para avisarlo a continuación de una pesadilla que nadie sabe cómo podrá acabar: «Oirá hablar más todavía. Y de Ucrania. Acuérdese» (pág. 522). Este individuo le debía a Robles la protección que brindaba a los locales a los que llevaba a Vila y en donde era sometido a las tentaciones en las que el sargento había caído. Logrará salir indemne de esos turbadores asedios, pero no de la mirada de una joven camarera –Anna– con la que descubrirá los riesgos y los deleites del verdadero amor: «Ahí, cuando la vi bajar la cabeza e irse, lo supe. Algo iba a cambiar en mi vida. Lo que no podía imaginar era cuánto, ni hasta qué punto» (pág. 354). Los lectores de la serie ya la conocían porque Vila había ido a visitarla, junto a Chamorro, en La marca del meridiano, pero ahora es cuando se cuenta esa intensa relación sentimental, forjada con paseos junto al mar, lecturas de poesía, canciones compartidas, por la que Vila acabará pagando un alto precio, ya que acababa de casarse, había nacido su hijo, Andrés, y su matrimonio no iba bien. Tal será el dilema al que tuvo que enfrentarse: intentar volver con su mujer para poder estar junto a su hijo o iniciar una relación con aquella joven de veintidós años, «apasionada y locuaz» (pág. 399). Será Robles quien lo ayude a tomar una decisión –«Pide destino, sudaca. Vete de aquí»–, avalada por una crucial diferencia en el carácter de ambos: «…en el fondo somos parecidos. Y he dicho parecidos, no iguales. Yo llevo un demonio dentro al que ahora procuraré tener a raya un tiempo […] Tú llevas el demonio también, pero el tuyo es distinto. Tú, si quieres, puedes controlarlo» (pág. 502). Tal es lo que ha ocurrido a lo largo de las doce novelas largas que Silva ha dedicado a este personaje (acompañado por Chamorro y su leal amistad); quizá faltaba –amén de su origen uruguayo y de una carrera universitaria que no llegó a ejercer– explicar la raíz de su pesimismo, de su negativa a ascender en el escalafón del cuerpo, ese conocimiento –sereno y fatal– de haber perdido todo lo que se había amado y de convertirse en «el ser humano incompleto que me estaba condenando a ser» (pág. 506). Vila contempla el mundo desde esa amarga experiencia; es posible que en esta novela se construya su carácter más reflexivo, no sólo para analizar las circunstancias históricas del presente, sino su propio derrotero vital: «El tiempo y la vejez, que nos acercan poco a poco a los muertos, nos arrojan a una pena que es por nosotros y por ellos, por la condición que todos compartimos y que nos condena a no ser tras haber sido» (págs. 261-262). Esta confesión, tan cercana a la poesía metafísica de Quevedo por ejemplo, que le inspira la aldea de Cebreiro que recorre con Chamorro no le impide a Vila resolver el caso que estaban investigando, aunque ya se vea más cerca de la jubilación y sepa que tendrá que resignarse a seguir, de lejos, los itinerarios de sus compañeros y de su hijo, también guardia civil.

Otro de los personajes que reaparece en esta novela es Gabriel Altavella, el marido de aquella famosa periodista, Neus Barutell, asesinada en La reina sin espejo (2005); era uno de los principales sospechosos de haber cometido el crimen y ahora lo visitará Vila para completar el análisis de las causas que permitieron el triunfo de los exaltados –«La cobardía, que en algún momento, aquí todos hemos practicado, puede ser devastadora» (pág. 537)– y, sobre todo, descender hasta la raíz de esa paradójica Cataluña, fundada por los foceos, los navegantes griegos que arribaron a aquellas costas: «La llama que vino de Focea con los que levantaron Ampurias, y que transmitía a la colonia el fuego de la polis fundadora, traía esa mezcla de pragmatismo y cólera, diligencia y caos» (pág. 539). En aquella novela de 2005, el ajedrez –a través de la mención de Lewis Carroll– desempeñaba un papel fundamental para desentrañar la misteriosa personalidad de la víctima; y lo mismo ocurrirá en esta nueva entrega de 2022, con una de las imágenes más originales que haya acuñado Silva sobre este imaginario; la referencia es importante porque la explicación que le ofrece el poderoso criminal que permanece a la sombra puede aplicarse tanto para resolver el asesinato de la joven como para entender lo ocurrido en Cataluña: «Piensa que esto es una partida de ajedrez. Si tu rival es tan idiota como para darse jaque a sí mismo, ¿cómo vas a dejar de mover tus piezas para favorecerlo? Por supuesto, sin comprometerte más de la cuenta. Con los idiotas no hay que ir ni a la vuelta de la esquina» (pág. 523). En lo que concuerda con lo que le había dicho Altavella. Con todo, Silva no somete a ningún «proceso» a Cataluña; todo lo contrario, porque a través de los ojos del joven Vila de 1992 describirá una Barcelona «cosmopolita», muy superior al ambiente de la llamada «capital administrativa», transmitiendo su fascinación por ese entorno: «Pero había algo más, algo que brotaba de la tierra e impregnaba el aire en aquella olla encajada entre el mar y la montaña, y me resultaba tan desconcertante como atractivo» (pág. 82); enseguida lo asombrará la majestuosa silueta de la Sagrada Familia y, al poco, descubrirá en y con Anna el alma de una lengua y de una poesía que los unirá con los hilos de poemas como «Liebeslied» de Joan Vinyoli: «con ese corazón afín que el poeta sueña y cree, en la noche solitaria, que late en alguna parte, tan a prop, tan a prop» (pág. 403). Porque no se puede entender el universo de Silva, ni de estas novelas dedicadas a Bevilacqua, sin las continuas remisiones a libros que sirven de referente para sostener la trama: aquí, junto a la cita obligada del Lapidario alfonsí, se desgranan lecturas recomendadas para penetrar en el sentir de la realidad catalana –con Vicens Vives como guía principal– o incluso el género al que la obra pertenece y, por ello, resulta un acierto el homenaje que el autor le brinda a Domingo Villar a través de la lectura que de su primera novela –Ojos de agua (2006)– realiza Vila y de la acerada crítica que se dirige contra las últimas tendencias del relato policial: «Un policía de gatillo flojo es un incapaz que debe ser retirado de las calles, y la violencia criminal, quien lo probó lo sabe, tan sórdida y triste que sólo un inconsciente puede encontrar en ella alguna forma de diversión» (106). Y frente a ellos el rigor de los autores griegos: si debía a Tucídides el nombre de Corcira (hoy Corfú) para la undécima novela, de la Historia de Heródoto tomará, ahora, la expedición realizada desde Focea (pág. 538).

Logra, en suma, Silva con esta nueva novela el fin que se había fijado y que señala en el paratexto de los agradecimientos: «En muchos sentidos este libro es un compendio de los anteriores y los completa y redondea su significado» (pág. 543). A la postre, tanto a Silva como a Vila habrá que agradecerles la oportunidad de desentrañar las causas que empujan a una persona a cometer todo tipo de delitos, pero, sobre todo, la lúcida mirada que ambos proyectan sobre el presente histórico, aun asumiendo como última verdad esta sentencia del sargento Robles: «Nunca vamos a borrar el mal del mundo. Sólo podemos contenerlo. Ayudar a hacerlo soportable» (pág. 251). No otro es el efecto que se consigue leyendo estas novelas.