“El arte de encender las palabras”, de Berta García Faet: teoría literaria enamorada

por Ene 11, 2024

“El arte de encender las palabras”, de Berta García Faet: teoría literaria enamorada

por

El arte de encender las palabras, de Berta García Faet

Barlin Libros

215 págs.

17´00 euros

Ya en las primeras páginas de El arte de encender las palabras, con gran claridad y concisión, Berta García Faet (Valencia, 1988) advierte del marco teórico bajo el que escribirá en las páginas sucesivas: no rendirá cuentas tanto a la teoría literaria académica como sí a sus propias inferencias sensitivas para acometer los cómos y porqués del más clásico y complejo interrogante de la literatura, ese que la rebasa para ir hacia la cognición, ese que se pregunta qué es lo que nos sucede cuando hay poesía de por medio.

En efecto, despeja la primera duda Faet y, a partir de ahí, el ensayo se abre: en la quinta página asegura que no puede escribir académicamente porque lo hace desde el enamoramiento. De este modo, dicha posición condiciona por entero las propuestas que van a desplegarse, girando siempre en torno a una marisma conceptual que podría resumirse así: en tanto que se rehúsa la explicitud académica y se abraza lo que en el texto se denominan convicciones íntimas, el ensayo se adscribe al mismo problema que acomete, a saber, la inefabilidad emotiva de lo poético. De esta forma, dado que la escritura de esa acometida ensayística se inscribe en la misma esfera inefable que el objeto de estudio —ya que se genera también desde la impresión subjetiva y sensible—, la obra no resuelve nada, si bien a cada paso insinúa que ese no es su objetivo, y que puede permitirse no serlo con felices razones. El objetivo es otro: ensalzar aún más el misterio, validarlo lúcidamente y diversificarlo, o bien sí resolverlo, pero aprendiendo que la poesía es resoluble en coordenadas distintas a todo lo demás.

Así las cosas, el punto de partida que constituye dicha disposición es el siguiente: el signo lingüístico pierde su cualidad arbitraria en el interior del poema. La poeta valenciana da a comprender pronto este parecer y, con inmediatez, se convierte en el eje de su poética, pues un hecho así lo condiciona todo: la lectura del poema se transforma en vivencia cuando éste consigue que significantes y significados no solo se asocien sino que se fundan, dando lugar a una juntura que el lector comienza a sentir ya más cárnica que textual, pues los formantes poemáticos dan lugar a este efecto en nuestra cognición. El punto último de este develamiento radica en asumir que dicha carnalidad no es metafórica, sino que ciertamente hay una apelación vívida de nuestros sentidos por parte del poema. No leemos el poema, sino que nos abrazamos a él, puesto que este se entrega como un cuerpo: todas las propuestas de lectura y análisis de lo poético que Faet lleva a cabo responden a un visión orgánica de los resultados de la materialidad poemática —subyace Jakobson y su principio de equivalencia— entrando en contacto con nuestra mente, de forma que no hay tanto lectura o análisis como sí más abrazo o pellizco. Esta noción de corporalidad es el primer elemento base del ensayo.

Luego, el gran problema: pensar sobre poesía poéticamente. Es el inconveniente que Faet asume en el inicio de la obra y que, sin complejo alguno, potencia: perpetúa las fallas teóricas e incurre en modos tautológicos de análisis —definir la poesía con más poesía o, al menos, con modos poéticos— porque está convencida de que ese es un camino oportuno, dado que la materia prima con la que trabaja es paradójica y acepta que se le aplique una heterodoxia y una disrupción que otras materias no admitirían, pues la poesía se ubica en el centro de toda divergencia cognoscitiva: es el lenguaje fingiendo que no es lenguaje mientras continúa necesitando serlo, pero siendo en realidad algo más, por lo que la apariencia de ser otra cosa es cierta en dos sentidos; primero, en que parece que es otra cosa siendo lo mismo y, segundo, en que realmente es también esa otra cosa.

De esta forma, la poesía se erige como un hecho inabarcable que nos excede porque dinamita desde dentro la propia tecnología que empleamos para pensarla —el lenguaje—, de manera que reflexionar acerca de la poesía nos aboca siempre a la circularidad, a la tautología, al balbuceo, al poema y, con este, vuelta a empezar: no hay ensayo sobre la poesía que no se autoengañe y termine haciendo poesía él mismo. Así, la tautología teórica es el segundo elemento base del ensayo. Entonces, de las nociones de corporalidad y tautología se desgranan todas las incisiones, rastreos y averiguaciones que se encuentran en la obra. En efecto, en torno a esos dos elementos, Faet articula su concepción: la poesía es carne, pero no del todo metafórica, aunque en parte sí, de modo que las tiranteces, fricciones y vacíos de esa pugna subyugan el lenguaje y no nos permiten a nosotros estar seguros en la comprensión, en la cognición, lo cual nos espolea, nos place y nos eleva.

Berta García Faet hace suya esta mecánica y, así, El arte de encender las palabras resulta ser al mismo tiempo, inevitablemente, una racionalización teórica y una hoguera. ¿Que cómo es posible semejante planteamiento? ¿Que en qué medida puede ser un texto una hoguera sin que necesariamente esa hoguera resulte metafórica, o no tanto como cabría pensarse? Bien, a propósito de este tipo de inquietudes está construida la obra, editada exquisitamente por Barlin Libros.