Un olvido que remata, «El remate», de Max Aub

por | Feb 25, 2020

Un olvido que remata, «El remate», de Max Aub

por

“Sencillamente, no existimos”, le dice un exiliado español en este país a un compañero suyo en “El remate”, uno de los cuentos de Max Aub que fueron publicados en su revista personal Sala de Espera durante su exilio mexicano.

Esta frase resume perfectamente la preocupación existencial de los intelectuales republicanos exiliados durante el franquismo. Para ellos, el destierro ha significado su desaparición del mapa cultural: les han arrebatado su público, sus periódicos, y sus revistas; y lo más importante para ellos, han perdido su lugar en la istoria de la Literatura de su país. Por si esto fuera poco, el de acogida tampoco proporciona un público receptivo a sus preocupaciones, no son nada en la tierra que los alberga (“Tampoco en México somos nada”). Max Aub permite, a través de este relato, comprender cómo se sentían estos escritores a quienes les arrebataron prácticamente la vida entera, ese sentimiento de impotencia que tanto caracteriza al exiliado. Porque este desplazamiento –que no es solo espacial, sino también temporal (“El tiempo nos mata”)– se acentúa enormemente a través del olvido. Y ese es precisamente el tema central de este cuento: el olvido, asesino inclemente de los exiliados.

Aub pone en boca del narrador de este relato la frase que resume los dos tipos de olvido a los que se enfrentan estos españoles: “Nadie sabe lo que fuimos, menos lo que somos”. El primero de ellos, y quizás el más evidente, es el olvido por parte de los compatriotas que se quedaron en España: es decir, la imposibilidad con la que se encuentran los exiliados de poder ser leídos en su tierra, ya que la censura impide la entrada de sus textos al país. Así es como se perpetúa esa desaparición del campo literario contemporáneo de la época (“nos han borrado del mapa”). Para el gobierno fascista, estos exiliados son el enemigo derrotados y, por lo tanto, han de mantener sus ideas fuera de la nueva sociedad que están creando, lo que provoca que lo único que llegue de estos escritores a los españoles que siguen viviendo en España sea el silencio (“sencillamente, no existimos”).

Si este primer tipo de olvido los mata, hay otro que –definitivamente– los remata. Es aquí donde cobra importancia el artículo inserto sobre Queipo de Llano del ABC. El gobierno no solo altera el presente aislando a los escritores exiliados, sino que modifica el pasado. Este general que tan solo era un “traidor imbécil, un viejo cobarde que alza barreras para hacer olvidar que fue amigo de Azaña” pasa a ser “el padre de Sevilla”, a quien “la Virgen de la Esperanza vela en su descanso”. Así es el lavado de memoria del régimen de Franco, que trata de ensalzar los valores que le interesan, borrando si hace falta el pasado de las personas que no puedan aportar esa idea de grandeza de los españoles (“porque [Franco] no solo ha ganado la guerra sino que ha envenenado la Historia”).

Desde el punto de vista alejado que le otorga el exilio, Aub no duda en afirmar que los vencedores de la guerra civil tan solo lo han sido “por la actuación sagaz de dos traidores: Queipo en Sevilla, y Cabanellas en Zaragoza”. Y es este sentimiento de abandono el que conforma la idea principal del texto, que surge a partir de la reacción de los exiliados tras la lectura del artículo de prensa del ABC. Lo que más les duele es que traten de borrar la parte de la Historia en la que ellos han participado y que han defendido tan fervientemente. Reconstruyen el relato de una España que no fue, olvidando todo aquello que no es de su interés para consolidar el nuevo régimen (“Del 98 hasta ahora un salto mortal, mortal para nosotros”). Es ese envenenamiento de la Historia lo que lleva al exiliado a pensar que “creía cuidar, curar a alguien vivo y velaba un cadáver”, y queluchamos por una realidad y no fue”. Si nadie los recuerda, si van “desapareciendo poco a poco en un terreno cenagoso, en un tremedal”, entonces, “sencillamente, no existimos”. Se perpetúa de esta forma el “auténtico remate” que acaba con ellos. Remigio no se suicida, sino que se va a dar esa “vuelta completa” ya muerto.

Mediante este texto, el autor nos hace conscientes de que las obras del exilio no dejan huella, de que no queda constancia o registro de su vida y su actividad creadora. Así es como la existencia en el exilio se vuelve precaria, y la vida misma se presenta tan insegura como la de Augusto Pérez, personaje nivolesco de Unamuno. Más allá de sus dimensiones políticas, el exilio se convierte en un auténtico problema existencial: los exiliados han dedicado la vida a un empeño fracasado, “luchamos por una realidad y no fue”. En una de sus conversaciones, Remigio le pregunta al narrador si se acuerda de cierta comedia francesa sobre “un profesor… Un erudito, que dedicó su vida a no sé qué arte extraño, basado en documentos falsos” y cuya obra completa “se derrumba a la vejez, sin remedio”. “Aquello era teatro”, le contesta el narrador, a lo que Remigio responde, recalcando la ironía: “Pero lo nuestro es verdad”. La vida del exilio es tan falsa y ficcional como los documentos, y el empeño del exiliado tan estéril como el de ese profesor.

“- De pronto me siento viejo, acabado, sin nada más que hacer. Lo peor: que cuanto hice –si algo hice– no sirve –no sirvió– para nada. Que lo mismo da que hubiese nacido que no.”

¿Te ha gustado el artículo? Puedes ayudarnos a hacer crecer la revista compartiéndolo en redes sociales.

También puedes suscribirte para que te avisemos de los nuevos artículos publicados.