“La muerte del comendador”: un punto de encuentro

por | Mar 8, 2019

“La muerte del comendador”: un punto de encuentro

por

Haruki Murakami, La muerte del comendador. Libro 2

Traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara

Madrid, Tusquets

491 páginas, 21,90 euros

Hay una pregunta central que se hace el lector de la última novela de Haruki Murakami (Kioto, 1949): más allá del título, ¿qué es La muerte del comendador? Para empezar, es una referencia explícita a una ópera de Mozart, Don Giovanni (1787). En esta pieza, según se comenta en el texto, Don Giovanni debe confrontar sus elecciones vitales. Más allá de posibles interpretaciones de corte moralista, la clave es el carácter existencial de esta confrontación. Siguiendo esta línea, el título del libro también hace referencia a un cuadro de Tomohiko Amada, artista (ficticio) de pintura tradicional japonesa. La obra, desconocida por el mundo, es descubierta por el protagonista mientras vive en la casa del pintor. Lo que al principio parece solo un bellísimo e intrigante cuadro —quizá el mejor de Amada—, resulta ser un objeto personal, reflejo de la atormentada alma de su autor. Finalmente, el comendador es la encarnación de una idea: ya en el “Libro 1” apareció un hombre pequeño, de unos 60 centímetros de altura, que reconocía ser un ente perteneciente a un plano distinto de la realidad. El cruce entre el arte, el universo de las ideas y las metáforas, y el mundo cotidiano de los personajes se intensifica a medida que avanza la trama y es, en muchos sentidos, el centro de la historia.

Como se comentó en la reseña a la primera parte, La muerte del comendador gira en torno a un retratista que acaba de separarse de su mujer, en tanto que esta lo ha engañado. Se aísla en la casa de Tomohiko Amada, padre de un amigo, y conoce a distintas personas. Las más relevantes son Menshiki, un individuo misterioso que solicita un retrato al protagonista, y Marie, una adolescente callada e introvertida que, quizá, podría ser la hija del nuevo cliente. El “Libro 2” abre cuando el narrador comienza a retratar a la chica. Esto es parte de un plan del hombre para conocer a quien podría ser su única descendiente, la portadora de su ADN. El personaje central es, dentro de estas maquinaciones, un medio, quizá solo una herramienta. Aun así, y sin saber por qué, decide cumplir su rol en los esquemas de Menshiki. Siguiendo la línea que se empezó a trazar en el “Libro 1”, una situación relativamente sencilla se complejiza de forma sutil, llegando a un punto de crisis cuando Marie desaparezca.

El motor que mueve la trama es la irrupción de lo imposible en la vida del protagonista. La aparición de personajes extraños como el comendador, de corte fantasmal e incomprensible para quienes habitan el mundo cotidiano, definirá su existencia. Más allá, estos entes son un reflejo de los conflictos internos que el personaje vive. En el mundo retratado, tal como se anunció en el “Libro 1”, las emociones y los pensamientos poseen un carácter concreto. Influyen en lo que sucede a las personas, incluso son capaces de transformar la realidad. Esto abre un espacio de ambigüedades en el que se vuelve imposible aprehender un sentido del todo coherente. En otras palabras, el universo aparece como un misterio, tanto para los personajes como para el lector, quien se enfrenta a las piezas de un rompecabezas que no siempre acaban de encajar.

Esto no quiere decir que la prosa sea incoherente o que muestre ineficacia a la hora de estructurar la historia. Por el contrario, es posible percibir, de forma sutil, cómo se construye un sentido a través de las extrañas vivencias que experimenta el protagonista. Esto potencia la narración. Lo extraño del universo ficcional, su cualidad irreal, no solo es encarnado en entidades y espacios imposibles. Es representado por la estructuración misma del discurso. La voz narrativa juega un papel fundamental: no solo porque la primera persona obligue a ver el mundo a través de los ojos del personaje, también por su cualidad reflexiva. Este libro es un proyecto ambicioso, tanto por lo largo del libro como por la reflexión que construye. Aunque la abundancia de detalles puede llegar a cansar, el texto logra sostener la narración. Los cuestionamientos a la realidad y al arte se cruzan y, a pesar de su profundidad, no se hacen herméticos. La muerte del comendadores, finalmente, un punto de encuentro: entre la música de Mozart y la pintura ficcional de Amada, entre la vida cotidiana y la posibilidad de un universo que no somos capaces de entender.

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