Luchando contra la obsolescencia programada. “Westworld”, tercera temporada

por | Jun 2, 2020

Luchando contra la obsolescencia programada. “Westworld”, tercera temporada

por

Westworld: The New World

Creadores: Jonathan Nolan y Lisa Joy

Productora: HBO

Reparto: Evan Rachel Wood, Thandie Newton, Aaron Paul, Vincent Cassel, Jeffrey Wright

Número de temporadas: 3, 8 episodios c/u

Reconozcámoslo: todas las series que más nos impactan a un nivel estético, filosófico o personal no deberían vivir más de una —quizás dos— temporadas.  Una vez realizada la idea, su prolongación y repetición ad infinitum irremediablemente hace que las abandonemos y condenemos al olvido hasta que, tras leer un tweet promocional, descubramos que el próximo viernes se estrenará su octava y última temporada. Ni siquiera nos molestaremos en averiguar cómo acaba todo. Lleva pasando desde los inicios de la cultura de series. Desde Los Soprano hasta The Walking Dead, solo nos acordamos de las primeras temporadas, puesto que las siguientes “ya cansan”. Son más de lo mismo. Tras la segunda temporada de Westworld, el sendero que le quedaba por recorrer a esta pobre serie parecía obvio. La ficción producida por Jonathan Nolan y Lisa Joy había agotado y sobrecargado su narrativa transhumanista, con unos personajes empeñados en alargar una historia que parecía no tener más interés que el de descubrir quién iba a morir al final. Y encima, a nadie le pasaba nada. La serie que empezó con una temporada con la figura del androide como catalizador de las muchas relaciones de poder desiguales entre géneros, razas, y humanxs y no-humanxs acabó convirtiéndose en una historia de cowboys y samuráis moviéndose como pollos sin cabeza por un parque de atracciones abandonado y con un final de segunda temporada que replicaba paso a paso el plot twist que tanto sorprendió en la primera. O Westworld cambiaba de baterías, o se la condenaba a una inexorable defunción al final de una tercera temporada.

Pero esto último no es lo que ha pasado —para gracia y fortuna de algunos de sus fans—. Algunos aspectos no han variado mucho. La serie, que ha mantenido la mayor parte del reparto, ha limitado el protagonismo principal a los dos personajes más carismáticos del elenco original, Dolores Abernathy (Evan Rachel Wood) y su archienemiga Maeve (Thandie Newton), dejando en el ostracismo secundario al amnésico y bipolar Bernard (Jeffrey Wright) y al exnémesis principal, William (Ed Harris). Además, se han incorporado nuevos y frescos fichajes como Aaron Paul en el papel de Caleb, un exmercenario de misterioso pasado destinado a convertirse en el nuevo working class hero, y Vincent Cassel como nuevo villano desalmado al que derrocar. La nueva temporada, no obstante, sí que ha modificado su tradicional escenario western, mostrando esta vez a sus androides (o, más bien, ginoides) llevando a cabo sus planes de venganza y retribución en un recién descubierto mundo humano hiperurbanizado y ultratecnologizado, fuera de la simulación de hiperrealidad decimonónica en la que habitaban.

No solo varía el lugar de la acción, sino que la serie también avanza en el desarrollo narrativo de las ideas esenciales que motivan su argumento. Así, la ficción de HBO parece haber evolucionado desde el plano más teórico que caracterizaba sus inicios, con el debate sobre la aparente inhumanidad que caracteriza a la máquina como leit motiv, hacia uno irremediablemente político, con tramas que visualizan las posibles consecuencias del uso de la minería masiva de datos y su control absoluto por parte de grandes corporaciones multinacionales. Lo más innovador de la nueva temporada es, sin duda, su reconversión temática. Partiendo inicialmente desde una ciencia ficción indefinida —al fin y al cabo, la audiencia no sabía cómo diantres era el mundo fuera del parque—, la historia ha mudado a una suerte de realismo ciberpunk cada día más popular entre las estéticas narrativas de muchas de las ficciones de los últimos tiempos, con casos como Orphan Black, Incorporated, o la rusa Mejores que nosotros. La rebelión de las máquinas que podíamos ver al final de la segunda temporada de Westworld ha dejado paso a una revolución de corte anarco-libertarista en la que no solo los robots son los protagonistas, sino también los humanos, quienes, transformados en ciborgs, se alzan contra el conglomerado empresarial que gobierna la totalidad de sus vidas. Las tramas, antes sometidas al escenario estereotípico del Viejo Oeste, ahora se desarrollan en escenarios con una estética más propia del capitalismo utópico —la misma Ciudad de las Artes y las Ciencias de València se convierte en la serie de DELOS, la malvada compañía que gestiona(ba) el parque en las primeras temporadas—, con los personajes infiltrándose en oficinas, secuestrando a ejecutivos y trabajando para macroempresas de economía colaborativa que, aparte de VTCs y comida a domicilio, ahora también desarrollan apps para la contratación de sicarios. Westworld: The New World, da un giro de 180 grados a sus premisas, consolidando, sin embargo, las ideas primigenias que la hicieron surgir.

Pese a la recepción tan irregular que ha tenido por parte de la crítica, con reseñas moderadamente buenas en el mejor de los casos, Westworld es una serie con un gran potencial narrativo que no ha de ser menospreciado. De la misma manera que a uno no le ilusiona tanto el tercer día de vacaciones como el primero, su calidad y frescura no es la que nos cautivó en su estreno allá en 2016. Pese a esto, la serie consigue con este viraje alargar una obsolescencia programada que, aunque tarde o temprano llegará, le ha valido para por lo menos confirmar una nueva temporada (si la pandemia se lo permite). En cualquier caso, narrativas como las que podemos ver en esta nueva tanda de episodios tienen, quizás más que nunca, una gran relevancia a un nivel sociocultural, pues, al fin y al cabo, el mercadeo de datos y el poder paraestatal de las grandes empresas tecnológicas está viviendo una época dorada de la que no se atisba aún su fin. En estos tiempos (post)pandémicos, los ciborgs y ginoides de Westworld nos avisan de los peligros derivados de un uso pérfido del progreso tecnológico por parte de un liberalismo cada día más salvaje y desbocado. Si en la primera temporada el miedo lo producían la terrible relación entre humanxs y máquinas, en esta, sin duda, lo terrorífico es el sistema que rige la vida de ambos.

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