Odi et amo. “1980”, de Juan Vilá

por Jul 26, 2021

Odi et amo. “1980”, de Juan Vilá

por

Juan Vilá, 1980

Barcelona, Anagrama

168 páginas, 17,90 euros

La autoficción sigue regalando títulos que dan a conocer la identidad de quien los escribe. Nos permiten conocer más de los detalles que los han marcado a lo largo de sus vidas: de sus experiencias como madres, como padres, o incluso como hijos. El caso de Juan Vilá (Madrid, 1972) es más llamativo. No es la identidad como hijo de un “burgués catalán”  y una “progre madrileña” lo que construye su última publicación, 1980. Es la identidad de un hijo que ha tenido dos padres. ¿Dos familias o una con dos padres? Se pregunta a lo largo de la novela. La respuesta no viene en las páginas del texto. Este libro no sirve para responder ni a esta ni a ninguna otra pregunta. De hecho, plantea más preguntas que respuestas.

Vilá construye una radiografía de una familia, de su familia, que en realidad podría ser cualquier otra. No es que el autor plantee un acercamiento nunca visto al amor familiar –la novela, en realidad, no llega más allá de presentar el odio como un elemento más de este amor–, sino que es esa posible existencia de dos familias la que no deja de aparecer en el texto. Ese es el gran acierto de la novela, y Vilá lo sabe. La voz que narra la historia (que en este caso coincide con la de quien la escribe) reconoce a dos padres en su vida. No se trata del caso conocido de quien tiene un padre biológico y otro, digamos, sentimental. 1980 fue el año en el que la vida de Vilá cambió de forma brusca para siempre, el año en el que conoció a su segundo padre. No es un segundo padre que sustituyera al primero. Simplemente fue eso: el segundo.

La mirada que analiza y da voz a estas cuestiones familiares no es del todo inocente. Como el niño que protagoniza la portada de la novela, Vilá se arma hasta los dientes para hablar de su familia. En especial de su madre, “ese montón de mierda y ponzoña disfrazada de merengue y pastel de fresa”. Y aquí es donde la novela se cae. La distancia emocional que se pretende poner entre el personaje del autor y su familia mediante ese patetismo constante se supone que debería incomodar al lector. Pero no termina de funcionar. Más que incomodidad crea estupefacción, desconcierta. La crudeza con la que parece que escrutina a sus seres queridos tan solo alimenta su posición de autor que traspasa los límites, que se considera misógino por culpa de su madre y no se cree las mentiras que edulcoran los recuerdos del resto de los mortales. Así, lo que para el autor es una novela contra los desengaños familiares, acaba siendo una parresia, un alegato oculto sobre la imperfección de los padres.

Mediante los saltos entre el presente y el pasado con los que se construye la novela, Vilá firma una autoficción familiar que reflexiona sobre el peso de la infancia en el resto de la vida. Por suerte, no se molesta en presentar este ejercicio de memoria como algo sanador que ordene ideas y ayude a superar los traumas. Simplemente llega para plantear unas cuestiones desde un punto de vista diferente.