Reconstruir las cosas que pasaron. “La llamada. Un retrato”, de Leila Guerriero

por Feb 19, 2024

Reconstruir las cosas que pasaron. “La llamada. Un retrato”, de Leila Guerriero

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Leila Guerriero: La llamada. Un retrato

Barcelona, Anagrama

432 páginas, 20,90 euros

Articular la supervivencia. Diluir las sospechas. Construir una linealidad del shock desde lo que nunca es solo individual. A grandes rasgos, la crónica se ha caracterizado, en los últimos tiempos, por presentar lenguajes heterogéneos, estéticas literaturizadas; por denunciar desigualdades sociales y daños sistémicos. De ella se ha servido Leila Guerriero (Junín, 1967) para materializar biografías, sociedades: retratos. La trayectoria de la periodista, definida por títulos como Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico (2005), Una historia sencilla (2013) o La otra guerra. Una historia del cementerio argentino en las islas Malvinas (2021), corrobora una voluntad; la de hacer visibles los hilos de un tejido de tramas culturales, ideológicas, políticas, históricas, personales… que forjan comunidades, pueblos y subjetividades. En La llamada. Un retrato esta trama corresponde a Silvia Labayru, una militante montonera que fue secuestrada, torturada, violada y exiliada por la última dictadura cívico-militar argentina.

El relato biográfico se funda alrededor de distintos enclaves, de los que quizá el más significativo es La Escuela de Mecánica de la Armada, centro clandestino donde los militares llevaron a cabo torturas, violaciones y asesinatos de opositores de izquierda. Allí nació la hija de Silvia Labayru, en una mesa fría de metal. Allí realizó trabajo forzado. Allí conoció a sus agresores. Allí fue obligada a participar en operativos cruentos, coaccionada para fingir, para infiltrarse. Las vivencias que residen en ese lugar, hoy institucionalmente resignificado, y el resto de recuerdos que delimitan su voz pasada y presente se recomponen desde la fragmentariedad. Vivir de nuevo podría involucrar la ordenación de los fragmentos, la clausura de heridas que no pueden cicatrizar. Sin embargo, conviene hablar: enunciar el trauma y reparar narrativas truncadas. Estas son parte de la memoria de un entramado humano de silencios, porque los supervivientes nunca hablaron de lo que les pasó. Nadie preguntó.

Guerriero, un yo consciente que escribe y delinea seres que una vez fueron ajenos —con ellos comparte cadenas de Whatsapp, llamadas transatlánticas, cafés sin café en un jardín en el que respirar de nuevo, cuarenta años después—, lleva a término etopeyas complejas, matizadas, no idealizadas ni condescendientes. Su planteamiento no es acrítico; se le otorga tanto a Silvia Labayru como a otras personas implicadas en su historia un espacio liberado para desplegar lo que, desde su punto de vista, sucedió. Las interacciones entre lo político y lo afectivo se diluyen en las miradas de Alberto Lennie, de Jesús, de Hugo —amor maduro de juventud—, Vera —bebé desconocido, entregado a sus abuelos—, David… Todos ellos son interrogantes contemplados a la luz de imágenes pandémicas. Sus fotografías y sus cartas figuran en momentos en los que desentona lo críptico; hay que insertarse en los recovecos de la personalidad, aunque pueda resultar imposible. Desentrañar a Silvia implica escucharla desde la polifonía, comprenderla a través del perspectivismo que deriva en imprecisiones y que permite reflexionar sobre los vínculos entre la verdad y lo real.

El militante ha sido objeto de análisis y múltiples representaciones en la cultura reciente. En el marco de modelos de conducta reproducidos en artefactos literarios, cine, música, etc., la autora consigue esquivar visiones parciales y lugares comunes en torno a su identidad. El montonero no es una mera insignia. Las encarnaciones de la justicia histórica se problematizan en virtud de las contradicciones y la crudeza de su moral, de los medios de la guerrilla y de las actuaciones de los distintos grupos armados de los años setenta. Silvia Labayru compromete, desde la autocrítica, las sombras del revolucionario: las pastillas de cianuro y el ostracismo. Se derrumba, así, la leyenda basada en el cainismo y la traición del superviviente.

La llamada. Un retrato da también cuenta de las manipulaciones, la arbitrariedad y las incoherencias de los militares. Silvia Labayru, hija de un oficial antiperonista, no contó con una posición equivalente a la de otros presos en la jerarquía de la ESMA porque sus captores dictaminaron que podía recuperarse, transitar un camino de redención. Su situación fue considerada privilegiada por los exiliados en España, lo que los llevó a excluirla y deslegitimar unos antecedentes que fueron, a fin de cuentas, producto de la supervivencia y el miedo. También se la acusó de establecer afectos ilícitos con sus captores. La sencillez con la que se puede desorientar a la opinión pública recurriendo a marbetes como Síndrome de Estocolmo saca a relucir los códigos patriarcales sobre los que se cimenta la información histórica. Dichos códigos son centrales porque procuran la impunidad de las violaciones sistemáticas que Labayru denunció y que con anterioridad no constituían crímenes aislados de las “torturas y tormentos”. La narración de la exmilitante gira alrededor de la vergüenza, de la banalización de la violencia sexual y del consentimiento. La imputación de los violadores atravesó su lucha; la violación se cuela, todavía de forma insuficiente, en charlas oficiales y evocaciones borrosas. Algunas preguntas rondan: ¿Por qué no te fuiste antes? ¿Qué hubieras hecho tú?

En su nueva crónica, Leila Guerriero entrevista a Silvia Labayru. Y la retrata. Silvia, por su parte, oscila entre España y Argentina. Los negocios y el amor la mantienen en un limbo que poco a poco se quiebra en favor de la tierra que la vio alejarse para volver a empezar. Desde allá los labios impuros exaltan, a pleno pulmón, las maravillas.