La edad de los poetas no se mide en veranos. “Un ramo de flores”, de Pablo Lópiz Cantó
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Así como el ornitorrinco es estricto en las divisiones de su hogar, López Montero trabaja el lenguaje como una orfebre. Sus manos se guían por pulsos eléctricos. Forman un mosaico de imágenes imprevistas. Pactan con el lodo e hilvanan la espuma. Construyen raíles a medida de la infancia. Inquietas, han heredado el hábito del enjambre.
Inconclusa sinestesia, publicado por Valparaíso Ediciones en septiembre 2024, es el primer poemario de la escritora y profesora española, Ana Luengo. El poemario es un retrato íntimo de lo que supone maternar a un primogénito en el espectro del autismo. A su vez es una meditación sobre el aislamiento, el aprendizaje, el lenguaje, los miedos, la incertidumbre del futuro y la reinvención de los afectos.
“El áspero dolor de la esperanza” es, además, una obra en la que toda esa desazón se expresa con una sinceridad tan poco corriente, como emocionante es su autenticidad. Este tipo de poesía, la poesía de Alberto García-Teresa, las series poemáticas que el lector encontrará en este libro, no es juego; su dolorida esperanza («Esperanza, esperanza, / aún palpitas entre nuestras manos…») no es impostura ni disimulo, no trata de granjearse prebenda ninguna ni favor canónico o académico; esta poesía va a pecho descubierto, es la paradójica y sentida plegaria de un ser que presiente el desastre que se avecina y, aun así, decide esperar (¿el milagro?), avisándonos de que el tiempo de la esperanza es el presente, no el futuro, que no existe, que es consecuencia, en todo caso, de nuestro presente… «Porque el presente requiere de todo nuestro oxígeno…».
Son muchos los versos que he subrayado en el poemario de Clara, muchas las imágenes que calan en quien lee el universo mitológico y terrenal, expansivo como la potencia del recuerdo y pequeño como el piar de un pájaro, que aquí se recoge. Con la maestría de la palabra que caracteriza a su autora, nos adentramos en un mundo que se construye alrededor de una casa, del espacio sensible que agrupa los afectos de una niña que se sabe heredera.
Todavía hay mucha gente, decía Martha, que sigue pensando que yo soy esa joven escritora con el pelo teñido de rojo que aparece en varias fotografías de Google Imágenes. Hoy, leyendo Literatura universal, he pensado en ese instante justo cuando dice: “He dejado de estar poeta joven / y de teñirme el pelo. No sé qué tatuajes / se exhiben en las mesas / de novedades. Ahora valoro la ternura / más que el vino blanco”. Y es que el libro explicita este paso del tiempo, no desde la nostalgia hacia aquellos años de agitación literaria, sino desde el convencimiento (personal y poético) de que ahora somos otras/os y de que no es en absoluto una derrota proclamarlo.
Para poder cambiar nuestra percepción del verso, que ahora mismo sufre la «enfermedad del comando visón», es de vital importancia empezar a percibirlo como un fenómeno vivo a través de una enseñanza activa y de la relación entre los estudiosos y los escritores. «Es imprescindible hacer teatro y estudiar prosodia, pues este es el único camino para la universalización con la majestuosidad técnica, la capacidad de construir nuevos mundos».
Hay libros para momentos exactos. Cuando el momento de lectura coincide con la escritura que propone un libro, se produce cierta magia o comprensión. Un ver más allá del texto distinto al del razonamiento, quizá el de la fiebre, quizá el de la piel, seguro el del cuerpo y su carne. En este caso, el poemario de Cristian Piné (Madrid, 1991) está escrito por y para el duelo.
Para adentrarnos en los misterios de sus estancias arquitectónicas y espirituales –tras cada palabra se descubre un pasadizo–contamos con Alucinada y Ensimismada, quienes nos hablan desde un delirio antiguo que despierta las formas del presente. Dos interlocutoras dedicadas a medirle el pulso a la naturaleza, enajenar las estructuras dadas por ciertas y encontrar para la materia un molde nuevo.