Un folclore animal, “El Tío Remus”, Joel Chandler Harris

por | Feb 28, 2020

Un folclore animal, “El Tío Remus”, Joel Chandler Harris

por

Joel Chandler Harris, El Tío Remus

Traducción de Jaime de Ojeda

Madrid, Páginas de Espuma

534 páginas, 25 euros

La importancia y trascendencia de los cuentos de El Tío Remus está latente en varios aspectos de su propia conformación, suponiendo así una obra maestra de la fábula folclórica. Para comenzar esta reseña, sería un insulto no mencionar la gran labor compilatoria de estos cuentos y leyendas de los esclavos negros del sur. Eran cuentos hablados en una lengua fruto de muchos dialectos, haciendo que su resultado fuese algo incomprensible, lo que da un mayor mérito al recopilador, quien intentó dar forma sin romper con su originalidad.

Estas historias eran contadas entre ellos, los esclavos, sin llegar a ser conocidas en el ámbito blanco, lo que explica la gran sensación que provocó sobre el público lector de la época su aparición en forma de libro. La creación de este mundo imaginario tan colmado de detalle y cuidado alentó la curiosidad de muchas personas, siendo un claro detonante y forma de inspiración para la elaboración de otras obras fantásticas posteriores. Fue un verdadero impacto —tanto en importancia como en duración— para la literatura norteamericana.

El autor es Joel Chandler Harris, nacido en 1838 en el Estado de Georgia, hijo de una inmigrante irlandesa que llegó a Estados Unidos. Chandler se interesó por el periodismo tras contestar al anuncio del dueño de una plantación que necesitaba un aprendiz de imprenta para un periódico local. Fue en esta labor donde el joven logró integrarse en el mundo de los esclavos negros y así comenzar a conocer la riqueza del folclore del que extraería sus historias. Conforme las fue publicando en diversos periódicos, el interés por estos relatos fue creciendo hasta llegar a una gran popularidad.

El libro, tras un prólogo, muestra dos partes cuya única diferencia es el tiempo. En la primera parte (la más breve) se cuenta un cuento o leyenda por día, mientras que en la segunda todo sucede por la noche, contándose en cada una cinco cuentos diferentes. La estructura de la narración nos puede traer un vago recuerdo de una obra clásica de la literatura española, El Conde Lucanor. Aunque no es enteramente similar, sí que comparten muchos aspectos, como que sea un hombre anciano (en este caso el esclavo negro de la casa) quien narra a un joven cuentos cuyo objetivo es una moraleja. Solo que, esta vez, esta moraleja o enseñanza no es una resolución a un problema que aflija el niño, sino que sirve como regañina por algo que el Tío Remus ha visto hacer al chico anteriormente.

De esta forma, el tiempo de narración queda desdoblado en dos partes, siendo una la que concierne a la relación del Tío Remus con el niño, y la otra que marca los relatos que el viejo esclavo cuenta a su joven oyente. Sin embargo, esta segunda narración no resulta tan clarividente. Al comienzo del libro, uno piensa que todas las leyendas que el Tío Remus cuenta siguen un orden cronológico lineal formado por unos hechos que suceden a otros, pero esto no es así. Toda esta cultura folclórica que gotea de la garganta del tío se ha obtenido por una transmisión oral, por lo que se entiende que muchas veces haya saltos en el tiempo, improvisaciones para salir del paso, innovaciones introducidas sin previo aviso e incluso incoherencias, que el niño va apuntando, lo que supone para el Tío Remus una falta de respeto hacia su persona como rapsoda.

Los cuentos del Tío Remus crean un mundo de fábula, que conforme van sucediendo los relatos, toma forma. En un principio, se presenta una realidad habitada solamente por animales, siendo considerados todos ellos hermanos entre sí. En varias ocasiones el Tío Remus, al referirse a estos hechos imaginarios hace referencia a un pasado, dando a entender que todo lo que narra en sus cuentos pertenece a una época anterior a la presente, en la que los animales eran quienes dominaban la tierra, precediendo así a los humanos.  Es más, al comienzo parece que solo exista una familia animal de cada especie, haciendo entender que todos los animales que por estos días ocupan los campos y bosques son los herederos de todos los personajes de sus cuentos.

Esta herencia no solo es biológica, también es moral. Por el contrario, esta ética se verá reflejada en otro tipo de animal, el humano, de forma que todos los pecados que caracterizan a los distintos animales de los escritos (tales como la gula, la lujuria, la pereza o la soberbia) son el origen del comportamiento y la actitud del hombre. Sin embargo, esta cosmovisión del mundo del Tío Remus va cambiando, ya que en un momento dado aparece como un personaje más el Mano hombre, siendo tratado como una bestia más. Esto quiere decir que no solo existían los animales exclusivamente, sino que en realidad todos vivían en compañía, con la diferencia de que, por ese entonces, los animales eran seres independientes y autosuficientes, capaces de comunicarse con la raza humana. De esta forma, todo ello hace pensar que, desde la perspectiva fabulosa de los cuentos, los animales han sufrido una involución por el carácter dominante del hombre, que se hace relucir en algunos de sus relatos.

A pesar de que hay muchas moralejas con diferentes enseñanzas (como el no hacer trampas, valorar el poder de los más insignificantes, la injusticia de pagar justos por pecadores o no replicar a los mayores), hay una idea que engloba todos estos cuentos: la astucia es mucho más fuerte que la malicia. Todo el tiempo se puede ver como los animales que en un principio resultan más inofensivos, como el Mano Conejo o el Mano Galápago, son quienes consiguen siempre la victoria sobre las otras bestias de una fuerza y poder más evidente, como el Mano Zorro o el Mano Lobo. Sin embargo, esta imagen del más débil, en este caso representada en mayor medida por el Mano Conejo, se transfigura, volviéndose en una criatura sin escrúpulos y cínica, capaz de maltratar, e incluso quitar la vida, a otros por simple divertimento. Llegando al punto de una transvaloración de jerarquías, siendo los depredadores quienes temen a la presa. No por su fiereza, sino por su arte del engaño.

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