Lluvia amarilla

Una aproximación colectiva a “La lluvia amarilla” (1988). De Julio Llamazares a un pequeño club de lectura

Se inicia la sesión y nos decimos que todavía es posible encontrar voces que, como Julio Llamazares (Vegamián, 1955) y su Lluvia amarilla (1988), revalorizan y conectan atemporalmente con una materia que parece añeja, pero nunca desfasada: la temática rural, repiqueteada arrebatadamente hoy en día. Este es el caso muchas veces considerado paradigmático que hemos discutido en nuestro modesto club de lectura. La obra de Llamazares demuestra que, el ejercicio de explicitar el ocaso y resiliencia de un hombre y su can ante la soledad y la naturaleza que se cobra su abandono, es algo que nos impacta desde nuestra realidad urbana y casi cuatro décadas después de su primera edición. Ainielle sigue vivo pues, aunque su último estertor se prolongue sólo gracias a la ficción literaria que la reanima con los lectores que no queremos que la lluvia amarilla termine en riada y en desintegración de aquella memoria poetizada por Llamazares.

Para dialogar sobre esta lectura cabía asumir una perspectiva de análisis que acogía parámetros del “giro espacial” (Álvarez Méndez 2022, 13) propugnado por la geocrítica. Esta posición se convierte en un marco efectivo a la hora de relacionar pasado, presente y futuro del campo, de las tierras de España: por lo menos teóricamente. Porque parece que sólo así podemos hablar los asistentes a esta reunión de una realidad tan compleja y que se enraíza en la historia familiar de muchos de nosotros. El fenómeno literario de lo neorrural (aunque ya no sabemos si Llamazares es neo o paleo), de amplia tradición en temas y motivos, posee discursos que se han visto muy revitalizados en las últimas décadas explotando una catarsis lectora de gusto ambivalente en cuanto a los roles reconocidos por el lector de pertenencia u otredad a un espacio minorizado sin igual: los pueblos de nuestros abuelos que hubieron de cambiar por pequeñas y grandes sociedades, saliendo del riesgo de convertirse en el mismo patrimonio que se han tornado sus casas de adobe. Parece pertinente ofrecer, aunque sea someramente, un examen a partir de las coordenadas hispánicas de la llamada literatura neorrural que nos sirva como reflexión para adentrarnos en el carácter intrínseco y estructural de esta tensión glocal y dentro de la “tensión inherente” (Žižek  2006, 57) que se ofrece dentro la obra protagonizada por una voz entre la vida y la muerte, entre habitantes y el fantasma de su recuerdo.

En este sentido, podría interpretarse Ainielle como una suerte de “heterotopía” (Foucault 1984, 19), un no lugar donde el pasado se ha hecho con el control. Apenas había presente y no se atisba futuro. La ambientación principal transcurre en un no lugar concreto y abstracto al mismo tiempo, el pirineo aragonés como telón de fondo, y se redirige al lector hacia una concepción que parecería al servicio del mensaje mistificador. El envoltorio literario hace que sobrepujemos la facultad simbólica del enclave. Y entonces nos explota la contraposición que encajaría en la dicotomía que establece Mieke Bal con respecto a la oposición “campo-ciudad” (Bal 1990, 32). Y entonces nos asomamos a un lenguaje que entrelaza realismo con mitos, leyendas, creencias, hábitos, familias y profunda tristeza.

El historiador Pierre Nora (París, 1931) , en Les lieux de mémoire (1984), reivindica la memoria como “un fenómeno siempre actual, un lazo vivido en presente” (Nora 2008, 21), que nos hace entender la relevancia de testimonios traumáticos del pasado para comprendernos mejor a nosotros mismos. La narrativa producida desde el final de los años ochenta se ha visto influida por toda una cascada de títulos, novelas y filmes, que se sitúan en una enunciación temporal y emocional derivadas de regímenes económicos y sociopolíticos que dejan de ser trashumantes para entregarse a otro tipo de realidad, industrial y terciaria. No obstante, decimos que hay que poner de relieve testimonios autoriales como el de Llamazares, que pueden ayudarnos a construir una memoria colectiva y a intentar ser más sensibles, aunque también sepamos encuadrar La lluvia amarilla dentro de las prácticas de consumo contemporáneas por su éxito comercial y simbólico como un objeto canónico.

La palabra, el relato, el cuento adquiere un poder maldito y divino y permite acoger la preocupación del individuo por su lugar dentro de un espacio social cada vez más incompresible y solitario, donde transcurre un misántropo devenir cotidiano. No se nos ha pasado por alto el posible vínculo de Llamazares con el concepto unamuniano de intrahistoria. Las vidas muertas o las muertes vivas de Ainielle, su ecosistema, son también vida callada de gente que vive y muere en un limbo cercano al unheimlich freudiano. Los protagonistas permanecen a la sombra de grandes acontecimientos históricos que poco tienen que ver con la supervivencia invernal a la lumbre y con la tentación de la soga al que empuja la depresión interna y externa.

La herida entre campo y ciudad en el mundo globalizado y centralista es muy profunda y sus consecuencias moldean las dinámicas culturales a las que asistimos como herederos del proceso de migración producido generaciones atrás. El centro hegemónico de grandes urbes se impone sobre unos márgenes rurales en los que primaban otras formas que se culminan en la decadente familia de Andrés y Sabina. En este sentido, ellos y sus convecinos son la otredad que se convierte en testigo de la subordinación y la exportación de cuerpos sobre los cuales se puede proyectar la voluntad de quien se agencia y permite su explotación. El matrimonio, como la mujer de Lot, se atreve a mirar atrás hechos ya estatuas en vida por el mero gesto de esperarse a sí mismos. Son víctimas de los esquemas de poder geopolíticos y sociales contemporáneos que reinciden en la dependencia orquestada por los centros hegemónicos y decisiones políticas que afectan a la vida de las personas por encima de las estadísticas o la productividad de estados que priman una excusa llamada economía, recesión, progreso o revolución tecnológica. Algo así. Cosas así.

Concluimos el encuentro antes de que empiece a llover y salimos de la clase proclamando que se hace imperante una nueva sensibilidad crítica que condene estereotipos de usar y tirar y las idealizaciones mercantilizadas. Esto ya lo han dicho otros y otras antes. Queremos que se visibilicen nuevas y no tan nuevas formas de vida y de relacionarnos con la naturaleza a través de la literatura, una realidad sostenible y respetuosa. Reivindicamos el lirismo y la crudeza de Llamazares y otros narradores y otras narradoras…

Y mientras explota otro cohete de Space X y se entona el drill, baby, drill. Y entonces la lluvia no es amarilla: es negra y está cargada de humo, raras promesas de ignorancia artificial y de rearmamento nuclear. Y entonces nuestras reflexiones son resistencia moral vana, como la de Andrés.

 

Referencias bibliográficas:

Álvarez Méndez, Natalia. 2022. «Introducción. La monstruosidad imposible en la narrativa contemporánea en español». Bulletin of Spanish Studies, Vol. 99, nº 7, pp. 1091-1106.

Bal, Mieke. 1990. Teoría de la narrativa (una introducción a la narratología). Madrid, Cátedra.

Foucault, Michel. 1984. «Espacios otros». Architecture, Mouvement, Continué, nº 5, octubre, pp. 46-49.

Žižek, Slavoj. 2006. Visión de paralaje. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

 

 

IMG 20240220
Carlos Guerreira Labrador

Carlos Guerreira Labrador es investigador predoctoral en la Universidad de Alcalá con un contrato de formación de personal investigador de la Comunidad de Madrid. Es graduado en Lengua castellana y Literatura españolas por la Universidad de Santiago de Compostela y ha realizado el Máster en Estudios Literarios y Culturales Hispánicos (MELICU) de la Universidad de Alcalá. Su investigación se centra en la narrativa histórica, mitos nacionales y violencia política a partir del estudio de autores y de autoras del exilio republicano de 1939. En la actualidad, lleva a cabo su proyecto de tesis sobre discursos sobre la Edad Moderna en narrativa histórica del exilio republicano de 1939. Sus principales motivaciones se basan en ahondar en las heridas abiertas que quedan de los regímenes autoritarios que marcaron el siglo XX y en aprender del diálogo con nuestro ayer para entender nuestro presente.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *