Una historia por terminar. “La muerte del comendador”, de Haruki Murakami

por | Ene 11, 2019

Una historia por terminar. “La muerte del comendador”, de Haruki Murakami

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Haruki Murakami, La muerte del comendador

Traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara

Madrid, Tusquets

480 páginas, 21,90 euros

La primera dificultad que formula La muerte del comendador, de Haruki Murakami (Kioto, 1949), recientemente publicada en España, es que nos encontramos ante una primera parte de dos. Para empezar, esto condiciona la recepción: en tanto que la cubierta anuncia que este es el “Libro 1”, sabemos que nos enfrentamos a una historia inconclusa, lo cual resulta llamativo al considerar el grosor del texto. De cualquier manera, desde las primeras páginas, el lector recurrente de Murakami encontrará elementos familiares, desde los acontecimientos de corte fantástico y contrafactual, que se dejan sentir incluso en el prólogo, hasta las reflexiones en torno al arte y su relación con la vida. Sobre todo, podemos reconocer el tono del narrador, reflexivo y detallista, al cual el escritor nos tiene acostumbrados. Las influencias de la literatura norteamericana, de la cual el japonés se ha confesado deudor, y distintos elementos del arte de Occidente ―la ópera y la pintura, en especial―, aunque dialogando en todo momento con la cultura nipona, construyen una atmosfera concreta, un mundo ficcional que resulta tan importante como los personajes que viven en él.

La obra se centra en un retratista a quien su esposa ha abandonado por otro hombre. Hasta ese momento, su vida mantenía un orden estable: tenía buena reputación por su trabajo, una casa cómoda y una vida de pareja que, con sus altos y bajos, le resultaba agradable. La ruptura del matrimonio representa, como es obvio, un punto de crisis. Tras dedicarse unos meses a viajar por el norte de Japón, sin rumbo fijo, se instala en la casa del padre de un amigo, Tomohiko Amada, un afamado pintor de arte tradicional japonés. El objetivo del protagonista es renunciar al insípido mundo de los retratos y encontrar una voz propia en la pintura, algo que resultará más difícil de lo esperado. Más allá, su vida adquiere una nueva normalidad, empieza a dar clases de pintura a sus vecinos y ahí conoce a dos mujeres con quienes tendrá un romance. Los acontecimientos, sin embargo, se conjugarán para alterar esta cotidianeidad: un búho en el ático; un cuadro desconocido de Amada (titulado La muerte del comendador); la aparición de un cliente dispuesto a pagar una exorbitante suma de dinero para hacerlo volver a pintar retratos; y, finalmente, el eco de una campana, proveniente de un lugar desconocido. El mundo en el que vive el protagonista se hará cada vez más extraño, condición que reflejará sus conflictos y búsquedas personales.

A diferencia de otras sagas constituidas por más de un volumen, La muerte del comendador. Libro 1 no es una historia autocontenida. Dicho de otro modo, los últimos capítulos están lejos de ser conclusivos. Por el contrario, más que cerrar líneas accionales, en ellos se complejizan las ya exploradas y se abren nuevas ramificaciones de la trama central. A esto se suma el extraño prólogo que introduce la novela: el protagonista se encuentra, por segunda vez, nos enteramos, con un hombre sin rostro que desea un retrato. No sabemos en qué punto de la historia ocurre este episodio y, al llegar a las páginas finales, nos enteramos de que ni este ni el primer encuentro con el enigmático individuo ocurren durante el “Libro 1”. La prolepsis es una estrategia narrativa bien conocida y, en este caso, articula perfectamente con los intereses económicos de la editorial. En resumen, el lector se queda con la incómoda sensación de no haber terminado un libro, aunque ―todo hay que decirlo― con las ganas de retomar la lectura en el siguiente volumen. La prosa de Murakami y su capacidad de construir tramas complejas e interesantes son bien conocidas, no en vano es un bestseller mundial. Asimismo, presenta personajes completos e historias que interpelan al lector. No sorprende que en este volumen se encuentre una novela interesante y hasta un poco adictiva. El problema, nuevamente, es que solo tenemos la mitad de la obra. En ese sentido, esta reseña, al igual que La muerte del comendador, queda inconclusa: solo podremos saber si la totalidad del texto llega a satisfacer las expectativas que la primera parte construye, al revisar su conclusión.