“Game of Thrones”. Un conocimiento selectivo

por | May 30, 2019

“Game of Thrones”. Un conocimiento selectivo

por

Game of Thrones

Creadores: David Benioff, Daniel Brett Weiss

Reparto: Peter Dinklage, Lena Headey, Emilia Clarke, Kit Harington, Sophie Turner, Maisie Williams

Duración: 8 temporadas, 60 minutos (aprox.) por capítulo

Uno de los grandes logros de la industria cultural ha sido transformar a su audiencia en pequeños expertos. Gracias a los making-off y a las entrevistas, tanto a actores como a directores, son muy pocos los que ven una producción televisiva, o de cualquier tipo, sin conocer algunos pormenores del proceso de creación. No solo, gracias a internet, el público interesado tiene acceso a detalles que, hasta hace unas décadas, solo una minoría estudiada —autodidacta o de otro tipo— conocía. Por un lado, es posible encontrar tutoriales sobre la escritura de guiones y la producción cinematográfica. Por otro, no es difícil conocer las historias que preceden, sustentan e inspiran los textos fílmicos. En otras palabras, hubo una época en la que solo un lector asiduo de J. K. Rowling conocía los detalles íntimos de los personajes de Harry Potter, las subtramas que, por economía narrativa, no llegaron al cine. Hoy, basta con un par de horas de vídeos bien seleccionados en Youtube para informarse. No sorprende, en este contexto, que los fans de Game of Thrones hayan sido capaces de destripar la octava temporada. Los argumentos citados por los insatisfechos espectadores van desde la incongruente estructura narrativa y la incoherente psicología de los personajes hasta los fallos en la dirección.

Este conocimiento no es repentino, como algunos han querido hacer ver. El fan de Game of Thrones ha sido cuidadosamente construido por los productores. El espectador es un experto en la historia y sus personajes porque así lo han querido la serie y quienes la crean. No hay nada novedoso en esto: hace tiempo que la televisión descubrió que un espectador informado, que se siente superior a una (hipotética) audiencia ignorante, es beneficioso, pues posee un compromiso mayor con el producto. Es, a fin de cuentas, un cliente leal. A pesar de todo, esta estrategia demostró su efectividad hasta el final de la serie: el último episodio rompió récords de audiencia. Luego, a pesar de las supuestas incongruencias narrativas y los inconformes espectadores, parece que todos estuvieron dispuestos a ver el cierre de la historia. En resumen, un cliente comprometido es leal hasta cuando está insatisfecho.

Este compromiso pone en entredicho la naturaleza misma del conocimiento de la fanaticada. El centro de esta duda se encuentra en cómo los seguidores de la serie ignoraron durante las temporadas iniciales las fallas narrativas que, en los últimos episodios, se hicieron evidentes. Asimismo, cabe señalar que las virtudes de la serie, en muchos sentidos, se sostienen hasta el capítulo final. Los arcos de los personajes centrales se cierran y, si bien las conclusiones son un tanto abruptas —hubiera beneficiado a la narración tener algunos episodios para desarrollar apropiadamente las historias—, no son incoherentes. Ciertamente, se abandonó a algunos personajes y, con ellos, líneas accionales secundarias. Este defecto es, sin embargo, propio de un medio supeditado a la lógica capitalista de la producción de cultura en masa.

Es aquí donde se encuentra el verdadero eje de la cuestión: se ha querido ver en Game of Thrones una obra maestra, un producto perfecto, cuando nunca lo fue. No se pone en duda que los guiones de las primeras temporadas eran mejores. Esto responde a una razón sencilla, eran adaptaciones de los libros escritos por George R. R. Martin (Nueva Jersey, 1948). Los últimos años, los productores de la serie tuvieron que enfrentar un doble trabajo: crear historias y narrarlas efectivamente. Podemos agregar otras cuestiones intrínsecas al medio: la rentabilidad de la serie, el agotamiento de los productores, las dificultades técnicas del medio televisivo. Esto no quiere decir que hacer una serie de calidad, con una trama compleja e interesante de principio a fin, sea imposible —consideremos, como caso ejemplar y reciente, Breaking Bad (2008-2013)—. El problema es que la serie de HBO tenía unos defectos desde el inicio que tarde o temprano saldrían a relucir. Como ejemplo ineludible se pueden citar las constantes escenas de sexo gratuitas que están ahí para atraer al público masculino. Algo similar ocurre con la violencia retratada en la pantalla, así como con la “impredictibilidad” de la trama: en varias ocasiones, estos elementos respondían a un efectismo disimulado y no a un desarrollo coherente de la narración.  

El conocimiento del fan es selectivo. Sirve para sostener su interés en la serie y en ningún momento promoverá una autocrítica. Resulta significativo cómo los seguidores han deconstruido la serie por completo, pero en ningún momento han considerado que tal vez le dieron demasiado crédito para empezar. La altísima estima en que se ha tenido a Game of Thrones pudo haber sido matizada por un conocimiento real del cine y la cultura, un conocimiento que no hubiera sido proporcionado por los vendedores del producto —o por la fanaticada que lo consume de forma asidua—. La serie ha acabado por ser un caso ejemplar de lo que han llamado la edad de oro de la televisión: un producto idealizado por una audiencia que ignora, quizá voluntariamente, los defectos de la misma. La serie de HBO posee una producción impresionante y, más allá de lo dicho, en las ocho temporadas hay más de un episodio escrito con verdadera maestría. Sin embargo, ha caído víctima de lo que ella misma ha producido: un consumidor caprichoso que en ningún momento tiene suficiente. Así entramos, a pesar de la decepción de los seguidores, en una era de spin-offs y mercadeo hipertextual. Este tipo de productos culturales sobrevive, a pesar de su superficialidad, en tanto que el público desea un mayor conocimiento de un universo ficcional que ha sido construido exclusivamente para él.

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