Ópera de mujeres. “Música de ópera”, de Soledad Puértolas

por | Abr 29, 2019

Ópera de mujeres. “Música de ópera”, de Soledad Puértolas

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Soledad Puértolas, Música de ópera

Barcelona, Anagrama

280 páginas, 17,90 euros

Soledad Puértolas Villanueva (Zaragoza, 1947) es una escritora veterana cuya trayectoria literaria se ha ido fraguando y erigiendo con la publicación de numerosos ensayos, cuentos y novelas, que son los responsables, en gran parte, de la obtención de importantes premios —el Premio Anagrama (1993) o el Premio Planeta (1989)— y reconocimientos, como el nombramiento como académica de la Real Academia Española (2013).

Música de ópera es una novela de corte realista en la que relata, longitudinalmente, la vida y la evolución de una familia zaragozana con todos sus entresijos y secretos. Los personajes femeninos en esta obra son fundamentales, pues lo que se pretende, entre otras muchas cosas, es dilucidar la diferente situación de las mujeres en función de la época en la que han vivido, la clase social en la que se inscriben y el escenario en el que se encuentran los individuos de la historia durante los duros tiempos de la Guerra Civil y los años posteriores hasta casi la finalización de la dictadura franquista.

De esta manera, la acción se focaliza, de manera lineal, en tres personajes femeninos de diferentes generaciones: en primer lugar, Elvira Ibáñez, que, ya viuda desde el inicio de la novela, debe hacerse cargo de los fructíferos negocios de su marido, o más bien, relegar los asuntos financieros en otra persona, Antonio Perelada —que se descubre como un vil estafador ya bien avanzada la trama, cuando la situación es irremediable—. En efecto, esta mujer jamás se priva de ningún lujo y realiza cada año un viaje ostentoso a Austria para disfrutar de la música clásica y de la ópera que le ofrece ese país.

Sin embargo, también presencia momentos horribles cuando su hijo mayor, Justo, se exilia durante unos años a causa de la Guerra Civil y el menor, Alejo, se alista en el ejército. Además, es el personaje más desarrollado de la novela, pues se presenta desde su etapa de esplendor inicial hasta su vejez, en la que acaba perdiendo, paulatinamente, sus facultades y su cordura, ya que comienza a dictarle cartas a Perelada cuyo destinatario es una amiga suya de la infancia, fallecida hace muchos años.

En segundo lugar, Valentina es una muchacha cohibida cuya vida se encuentra supeditada, en todos los aspectos, a su tía Elvira hasta que esta desaparece de la acción. Poco a poco, va despertando de su letargo hasta convertirse en una mujer independiente, valiente, que se sirve de sí misma para realizar aquello que se propone y que transgrede todas las normas sociales vigentes en su época. Sin embargo, toda esta decisión y vitalismo quedan truncados con un secreto que le cuenta su primo Alejo, que la destina a la vida monástica como monja de clausura el resto de su vida. Por último, de Alba no se dice demasiado: es una adolescente inocente que tiene un obsesivo interés hacia el pasado —sobre todo de Elvira y de Valentina, aunque también de su madre— pero también hacia el descubrimiento de los misterios que le esperan en la vida.

En definitiva, a pesar de que el avance de la acción recaiga en estos tres personajes, todos ellos están dotados de una gran introspección psicológica y están sujetos al cambio que se va acometiendo según sus circunstancias. Asimismo, cabe destacar que este mundo ficcional se describe con un detalle cercano al realismo, con una pretensión puramente figurativa y con una prosa muy cuidada. A ello se suma la presentación de la historia en una división de cuarenta y siete capítulos, en los que simplemente se eligen distintas “rebanas de vida” de la acompasada existencia de los figurantes del relato. En otras palabras, solo se toman momentos concretos de la trayectoria vital de la familia para la puesta en juego de la urdimbre narrativa, cuyo principio y final no serán más que eso: bocanadas del pasado atrapadas en el papel, que se sienten tan cercanas como la música de ópera por la que tanta estima tenía Elvira.

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